Fantasías de mujer

JULIA LUZÁN 06/04/2008
Parecen fotos, pero son sueños. Protagonizados por mujeres, viajan por museos de todo el mundo en busca de espectadores que los conviertan en realidad.

LA MUJER DE ROJO

LA MUJER DE ROJO– ELLEN KOOI

Fabular en torno al retrato de un hombre que no llegó a conocer es el origen del que nacen las extrañas, inquietantes y bellísimas obras de Ellen Kooi (Leeuwarden, Holanda, 1962). “De pequeña me asombraba la fotografía con su extraño silencio. Encontré una de mi abuelo y me imaginaba todo tipo de historias alrededor de su rostro. Era mi héroe. Más tarde me enteré de cosas que me derrumbaron el mito. Igual fue éste el origen de lo que hice más tarde cuando comencé a trabajar con la realidad aparente de una foto para contar mis propias historias”.

Sus dos aficiones, el arte y el teatro, llevaron a esta holandesa que sale poco de Haarlem, a 20 kilómetros de Amsterdan, donde vive, a trabajar con la cámara como lo hacía con los pinceles en la escuela de bellas artes dondes estudió. Su vida cambió el día en que afrontó uno de los trabajos prácticos, hacer carteles. Sacó de su mochila el montón de fotos que había ido tomando a grupos teatrales y el póster le quedó tan estupendo que todas las compañías de cómicos sólo querían ser captados por su cámara. “Tenía que hacer carteles de obras que aún no se habían estrenado y fue a partir de ahí cuando empecé a interesarme en la relación entre cuerpo y tiempo de una forma más espacial”, dijo en una entrevista a Catherine Somzé.

Ellen Kooi no deja nada al azar en su trabajo. Como si realizara una película, primero dibuja la escena y luego dirige a sus modelos. Busca localizaciones y sitúa la acción en un paisaje. Pero, paradójicamente, sus fotografías no parecen en absoluto elaboradas, son de una espontaneidad increíble.

Ella retrata como pintaban los grandes maestros holandeses del siglo XVII. Con una diferencia: en cada obra de esta mujer se esconde una historia, un relato que habla de melancolía, desengaño o frustración. Cuando se observa una foto de Ellen Kooi y sus campos de hierba húmeda, canales y bosques, se sabe de inmediato de dónde son estos paisajes. Forman parte de la tradición heredada de Salomón o Jacob van Ruisdael. “La mayor parte de mi trabajo está relacionada con mi entorno. La gente que llegó a Holanda no vino y se asentó sin más; tuvimos que construir el espacio alrededor nuestro, porque el agua nos rodea. Hemos adoptado el paisaje a nuestras necesidades. Con mis fotos intento recrear mis impresiones de algunos paisajes. Son metáforas para esas sensaciones”.

Octavio Zaya, comisario de la exposición de Ellen Kooi que podrá verse en La Casa Encendida de Madrid, sugiere alguna intención más profunda: “Ella utiliza una naturaleza perfecta para producir imágenes oníricas. Recurre a ella para crear lugares donde ocurren acontecimientos ambiguos e inexplicables. Mientras Kooi sostiene ante nosotros el paisaje ideal, sus personajes y sus misteriosas acciones parecen consumidos en algo que podría socavar ese ideal. En esos paisajes se muestra tanto la belleza como la desorientación”.

Siempre hay mujeres en las fábulas de Ellen Kooi. En movimiento, en soledad. Es de las pocas fotógrafas que adoptan la naturaleza como el escenario donde se desarrolla la acción. A veces hace guiños o rinde homenajes sinceros a los artistas que más han influido en su trabajo, como Caspar David Friedrich. Por ejemplo, el retrato de la mujer vestida de rojo hundida en un mar de espigas remite a uno de los cuadros emblemáticos del arte contemporáneo, Christina’s world, del estadounidense Andrew Wyeth. “Inconscientemente siempre doy a mis fotos una dimensión de peligro. Algo que es y está puede perderse para siempre”.

Sus personajes provocan inquietud. Son los sueños de una mujer que puede conseguir que los niños broten de los árboles como si fueran cerezas, pero aunque se permita tales licencias, esta “equilibrista, funambulista del tiempo” detesta que a su trabajo se le añada la palabra surrealista, y mucho más la de realismo mágico.

Una de sus preguntas recurrentes es acerca de la influencia de la geografía en las personas, y, una vez más, Kooi se remonta a sus recuerdos de infancia: “Vivía con mis padres en los suburbios de una ciudad. A un lado de la calle había amplios espacios verdes, y al otro, rascacielos. Era un entorno dual y todavía me acuerdo de la forma diferente en que me sentía a un lado u otro de la calle”. De ahí, de su almacén de vivencias, procede esa inquietud que se desprende de sus vistas panorámicas. De hecho, una de sus primeras obras tuvo que ver con la ciudad de Groningen y los canales: “Siempre me interesó”, dice, “observar cómo la gente espera mientras los barcos y el tiempo pasan”. Kooi utiliza en muchos de sus trabajos el cuerpo humano como puente. “Coreógrafos como Pina Bausch o Jan Fabre han tenido una influencia muy importante sobre mi trabajo. Ellos me enseñaron cómo el cuerpo es un medio de expresión”. Son historias sin final, “las cuento para que el espectador pueda inventar las suyas”. Ése es el reto.

Exposición de Ellen Kooi en La Casa Encendida, de Obra Social Caja Madrid, del 15 de abril al 15 de junio.

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