El gran retratista de Buenos Aires

ÁNGELES GARCÍA 12/04/2008

Fotos de Horacio Coppola

Fotos de Horacio Coppola

'Máquina desnuda'

‘Máquina desnuda’

El fotógrafo argentino Horacio Coppola, de 101 años, ha trazado la historia de la capital argentina desde los años veinte y ha logrado un retrato de la soledad urbana, como puede verse en una exposición que acaba de inaugurarse en Madrid
La Boca, la avenida de Mayo, la calle Corrientes, el cementerio de la Recoleta, el paseo de Colón, Alvear; las parejas bajo la luz de noche porteña, son imágenes ligadas al fotógrafo más famoso de Argentina, Horacio Coppola (Buenos Aires, 1906). Todos los lugares reconocibles del Buenos Aires más elegante y auténtico vienen de la cámara de este artista que, con su Leica en la mano, se ha pateado como ningún otro las calles de su ciudad y los escenarios europeos del arte de vanguardia. La Fundación Telefónica (www. fundacion.telefonica.com) expone hasta el 25 de mayo una gran retrospectiva de este artista: 125 fotografías y 4 cortometrajes.

Es el hijo menor de una familia de clase media de origen italiano. Él mismo ha escrito sobre su entorno. “Nací el 31 de julio de 1906, en el dormitorio de mis padres, en el 2º piso de la casa construida en 1901, proyectada y dirigida por mi padre: Corrientes, 3060. Comencé mi vida como décimo miembro en el seno de una familia de adultos. Me ofrecieron una plural iniciación y paralelamente aprendí a caminar y a hablar, a escuchar música, a cultivar plantas y a cortar flores, a ser artesano en el más amplio y diverso manejo de instrumentos, incluida ¿a su tiempo? la cámara fotográfica, a criar y convivir con pájaros y la más variada clase de animales, a leer y escribir y manejar periódicos y libros y a conocer la existencia de idiomas: genovés, italiano, francés, en el marco del ejercicio del criollo; la mecánica, las artes, la ciencia, la literatura. Mi hogar: un mundo organizado, ya cumplido”.

Ese peculiar hogar, la calle y los viajes fueron la gran universidad a la que asistió este artista autodidacta. Fue una forma de aprender que él siempre ha agradecido y a la que considera que se debe el carácter personal que siempre tuvo su trabajo.

Su afición por la fotografía se la contagió su hermano mayor, quien, con una cámara de gran formato, retrataba a menudo escenas familiares. Al joven Horacio le fascinaba capturar imágenes de quienes formaban su entorno. Al principio la hace en su tiempo libre mientras vive del dinero que consigue con cualquier trabajo esporádico. “Soy fotógrafo”, se proclamó Coppola. “Mi obra, imagen óptica de lo real, transcrita por la cámara y contenida en la imagen final, es testimonio de mi identidad de autor: fragmento de la realidad, creatura de mi visión, ahora liberada según su orden para vivir su vida propia”. Las transformaciones que Buenos Aires experimenta en torno a la década de los veinte fascinan a Coppola. El contraste entre lo viejo y lo nuevo lo plasma una y otra vez. De día y de noche. Solo o acompañado por los amigos de aquellos años. Muchos de estos amigos son gente interesada por el mundo artístico. Pintores, escritores. Por medio de ese mundo conoce pronto a Borges. La primera edición de Evaristo Carriego está ilustrada con fotografías de Horacio Coppola.

Al final de los años veinte, viaja a Europa y recorre Alemania, Francia, España e Italia. Es en Alemania donde por fin consigue una Leica, la cámara con la que entonces soñaba todo fotógrafo. Sin abandonar definitivamente las de gran formato, no se desprende nunca de su cámara. Es con ese nuevo juguete con el que a la vuelta realiza sus fotografías más conocidas. Gran parte de ellas nutren la exposición madrileña.

Quiere retratar su patria con su historia pasada y presente desde todos los ángulos posibles. También “lo criollo”, escribe. “Cada uno desde su mundo. Mundo según la edad, lo vivo de cada uno. Yo, testigo del hacer de cada uno. Yo, suelto, mirando a todas horas, desde el balcón, el mundo que pasa por la calle Corrientes. También la constelación de Orión y la Cruz del Sur, desde la fronda invasora de los plátanos”.

Pura poesía mezclada con el Buenos Aires que emerge por cada rincón. Se convierte en el fotógrafo de la ciudad y de sus habitantes, de los empedrados de las calles del centro, de las edificaciones que crecen junto a las bellas arboledas de los parques bonaerenses.

En las nuevas avenidas le fascinan los enormes coches negros que avanzan deslumbrando con sus faros a los peatones. Le interesan los escaparates lujosos donde se vende la ropa carísima de los modistos europeos. En sus placas está ese Buenos Aires con pretensiones de ser Nueva York o Milán. Muchas fotografías están pobladas por hombres perfectamente trajeados y tocados con sombrero que contemplan llenos de curiosidad las transformaciones de sus calles y plazas.

No faltan las viviendas humildes ocupadas por personajes de rostros surcados por arrugas prematuras, producto del mal vivir, aunque, en general, la ciudad que retrata Horacio Coppola está casi siempre vacía. Sus retratos bonaerenses recuerdan el Madrid pintado por Antonio López. Son puras metáforas de la soledad del hombre contemporáneo. Los edificios son los que de verdad habitan en la ciudad. Salvo cuando retrata el caos del centro comercial en hora punta, la ciudad de Coppola es un cúmulo de líneas arquitectónicas enlazadas de tal manera que ofrece una panorámica abstracta la mayor parte de las veces. A principios de la década de los treinta, Coppola emprende un segundo viaje a Europa. Considera que la etapa del retrato callejero está agotada y quiere aprender de los grandes maestros europeos. Se inscribe en la Bauhaus y allí permanece hasta el cierre del centro por la presión nazi. Pero le da tiempo a conocer la esencia de los grandes creadores del Viejo Continente. De esta etapa proceden las fotografías con las que muestra su fascinación por el cubismo en general y por el pintor español Juan Gris en particular.

En este tiempo, también se acrecienta su amor por el cine, un arte que casi había nacido a la par que él. “El cine es la base de mi formación autodidacta”, ha escrito Coppola. “El cine era un niño cuando yo era un pibe en apuros”.

Coppola filmó varias películas propias, cortometrajes y documentales, entre ellos, Así nació el Obelisco (16 milímetros, 6 minutos), en 1936. La exposición incluye cuatro cortometrajes. Toda su obra cinematográfica fue restaurada por el Malba (Museo de Arte Latinoamericano Buenos Aires) para la exposición que allí se le dedicó hace un par de años. La difusión de la fotografía y la enseñanza de ésta ha ocupado gran parte de su tiempo. A finales de los cuarenta, con su esposa y también fotógrafa Grete Stern, abre un estudio fotográfico, punto de encuentro con muchos intelectuales exiliados españoles y judíos huidos del terror nazi.

A punto de cumplir 102 años, algunos se lo encuentran todavía con la mirada distraída en el paisaje del Buenos Aires de hoy. De paseo sobre su silla de ruedas, acompañado de alguno de sus muchos amigos o alumnos, seguro que añora aquel Buenos Aires que hace ya mucho dejó de existir.

La exposición Horacio Coppola está abierta en la Fundación Telefónica, de Madrid, hasta el 25 de mayo. http://www.fundacion.telefonica.com.

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