La fotografía es mi amiga íntima


“Hablo más con mis fotos que con mi boca. Me relaciono con los hechos y la gente poniéndolo todo dentro de mi cámara”, dijo González Baldrich en la primera entrevista sobre su vida. Se la hizo el reportero Luis Hernández Serrano, de Juventud Rebelde, y se publicó el 12 de marzo de 2004

Luis Hernández Serrano

I

Mi nieto de siete años se acostó en un campo de girasoles chiquiti­cos, que parecían margaritas, y me miró sonriente. Yo no tenía la cámara, pero su simpática imagen la llevo como una foto en mi cabeza, al igual que otras miles de escenas que han impresionado mi retina”.

Esta breve reflexión resume en cuerpo y alma a Ángel González Baldrich, uno de los más experimentados fotógrafos cubanos de todos los tiempos, en la primera entrevista de su vida. Desde hace casi cincuenta años firma sus gráficas con una sola palabra, como lo llama todo el mundo: Baldrich.

Nació en el barrio de Arroyo Apolo, en el municipio capitalino de Arroyo Naranjo, el 29 de julio de 1937. Su padre trabajaba en una ruta de guagua como jefe de línea, y lo llevaba con él a todos los lugares.

“No fui guagüero, aunque mi primer trabajo fue como mozo de limpieza de la ruta uno. No terminé el bachillerato y mi padre me dijo que tenía que trabajar. Yo limpiaba el piso de los ómnibus. Antes del año me quedé sin trabajo”.

A través de un amigo dibujante y diseñador de la publicitaria Mestre y Conill que vio sus dibujos y pinturas, comenzó a trabajar allí, y en su departamento de Fotografía se quedó fasci­nado cuando vio el proceso de impresión de las gráficas.

Con un fotógrafo al que califica de muy bue­no, Aladino Sánchez, aprendió a imprimir fotos. “No sé si tendría parentesco con el Aladino de la lámpara maravillosa, pero para mí al menos, era una magia lo que hacía en el laboratorio, no obstante a ser abogado de profesión. Al poco tiempo ya yo tomaba fotos en esa publicitaria, con mi primera cámara particular: una Ro­llieflex.

Cuenta que de muchacho, en las primeras fotos que tomó, empleó una cámara vieja de un vecino. Al poco tiempo se trasladó para la publi­citaria Siboney, frente al cine Acapulco, en Nue­vo Vedado, donde aprendió la técnica del reve­lado a color.

“La primera foto que me publicaron la tomé en la carretera que conduce a Bahía Honda, a un caballo que pastaba en primer plano y detrás se veía un valle y las montañas de la Sierra de los Órganos. La incluyeron en un anuncio comercial de las pastillas antiasmáticas Maico. Por lo menos salió en Bohemia”.

A Baldrich un día le dieron a revelar rollos con gráficas del Ejército Rebelde, e imprimió otras para propaganda del Movimiento 26 de Julio y en particular para el periódico clandestino Revolución.

“El 24 de diciembre de 1958 me dejaron ce­sante en aquella publicitaria y el triunfo del Pri­mero de Enero de 1959 me sorprendió desem­pleado nuevamente. Fui enseguida para allá y me dieron trabajo otra vez.

“Se unieron varias publicitarias en Radio­centro que poco después pasaron para frente al Hotel Nacional y con el transcurso de los meses se instaló allí la Comisión de Orientación Revo­lucionaria (COR), dirigida por César EscaIante, donde hice mis primeros pininos periodísticos.

“Ya como fotógrafo de prensa, mi primera gráfica se publicó en Pionero. Pero la foto mía de mayor repercusión fue un contraluz de Fidel, cuando inauguró la Escuela de Cuadros de la CTC, en La Coronela, a mediados de la déca­da del 70”.Estuvo inédita durante casi diez años, y a mitad de los 80 ocupó una primera página com­pleta de Juventud Rebelde. Tanto gustó ese contraluz que un profesor de Diseño que visitó el diario con sus alumnos, les dijo: “A esto es a lo que se le llama la imagen mínima”.

“La tomé de noche, a 15 metros de Fidel, antes de que subiera a la tribuna del acto. Una sola luz le daba en el rostro, de frente. Se te veía hasta el aliento al respirar, por el frío reinante. Yo tenía una Nikon recién estrenada y un lente de 300 milímetros. Fue tanto el foco de la gráfica que tuve que borrarle la respiración que se le congelaba en el aire”.

Baldrich recuerda cuando pasó a trabajar a la revista Mella. De esa época evoca sus reporta­jes por la Sierra Maestra durante la Crisis de Octubre en 1962, en páginas que se llamaron Mella en las trincheras.

No olvida a compañeros de esa publicación, como ChaIy Reyes, Frank Agüero, Peroga, Joaquín Ortega y a Juan DoIset. Baldrich ha realizado viajes de trabajo a varios países: Canadá, Alemania, lraq, Italia, España, Islas Cana­rias, Chile, México y Angola. El día de la fundación de Juven­tud Rebelde, en octu­bre de 1965, en que Fidel habló en el esta­dio Pedro Marrero, to­mó fotos bajo un agua­cero, con mucho cata­rro y 39 de fiebre.

II

“¿Tres de los mejores fotógrafos que ha tenido este diario? Reinaldo González, José Orozco (fallecido hace años) y Orlando Martí­nez Maqueira, quien murió recientemente, aún trabajando en Bo­hemia…, una irreparable pérdida.

“Para mí la fotografía ha sido todo en la vida. ¿Mis fotos más queridas? Además del contraluz de Fidel, otra que le tomé en el Pico Turquino, en 1965, cuando subieron los primeros médicos graduados por la Revolución. Solo se ve el fusil en el hombro de Fidel, un símbolo. Y la otra la tengo en un cuadro en la pared de mi cuarto: unos botes en la playa de Cojímar. La tomé cuando fui con Leonardo Padura a realizar un reportaje sobre Hemingway.

“¿Requisitos para ser fotógrafo? Observarlo todo con detenimiento, ser muy sensible ante lo bueno y lo malo, lo triste y lo alegre, lo pintoresco y lo grotesco. Querer llevar a la gente imágenes de lo que nosotros conocemos, y muchos por su trabajo no tienen el privilegio de ver.

“¿La emoción más grande? Cuando fui co­rresponsal de guerra en Angola, nos jugamos la vida. También cuando pasé el curso de piloto en Santa Fe, en aparatos como el Pipper, donde también voló el Che en 1960”.

Explica que antes en el laboratorio había que saberlo todo, para que las fotos salieran bien, y como cosa curiosa recuerda su reportaje a una farmacia china de la calle habanera de Zanja.

Dice que su plato fuerte es el paisaje y el retrato. Que es lo que le gusta, lo mejor que hace. Y menciona como sus fotógrafos favoritos, entre otros, a Osvaldo Salas, Raúl Corrales, José Tabío, Liborio Noval y Reinaldo González.

Si Baldrich hubiera tomado solo mil fotos anuales, en sus 47 años cámara en ristra, acu­mularía 47 000 en su vida profesional. Pero deben sobrepasar las 70 000. Y de ellas calcu­lamos que se han publicado en distintos órga­nos de prensa alrededor 8 000 ó 10 000. ¡Respetable estadística!

“Al privilegio de ser fotorreportero yo le llamo ‘maravilla’. Y parafraseando a Silvio, pienso que el fotógrafo ‘mira la tierra y sí ve más que tierra’, ve lo que el hombre ha hecho sobre ella con su trabajo y por ello merece fotos”.

Enfatiza en que Ios de su oficio no solo miran con los ojos, sino también con la mente y el corazón, aunque a él le gusta la improvi­sación, el “repentismo” en la fotografía.

“Sí, yo hablo poco, por mi carácter. Pero con­verso a través de las imágenes que capto. Hablo más con mis fotos que con mi boca. Me relaciono con los hechos y la gente poniéndolo todo dentro de mi cámara.

“¿Las fotos más difíciles? Algunas de las que me mandan a hacer. Y las más fáciles son aquellas que más me gustan: los trabaja­dores, los rostros, el mar, el paisaje, la natura­leza.

“Adoro el retrato porque el ser humano para mí es lo más importante. ¿Qué disfruto más? La foto que vaya hacer al día siguiente, el hecho nuevo, la incógnita de la nueva perso­na que vaya conocer y va a entrar en mi vida”.

Refiere que no extraña el cuarto oscuro, ni la ampliadora, ni el papel fotográfico, ni la química. Dice que fueron sus socios fuertes, pero llega­ron hasta un punto. Que son viejos compañe­ros. “Me despedí de ellos con cariño. Lo mismo debe ocurrirle a los redactores con la máquina de escribir y con el teletipo”.

Nos confiesa que pensó retirarse a los 60, hacer un bote y permutar para Guanabo, pero al enterarse de la llegada de la cámara digital y la computadora, escribió a la dirección del periódico y sugirió que adquirieran la técnica moderna.

“La foto digital es como tomar otro camino. Todos los días me asombra. Con lo nuevo se acabó aquel retoque a mano, pintando sobre la fotografía impresa, que te IIevaba media hora. Ahora todo se resuelve rápido con el mouse frente a la computadora: se quitan suciedades de los dientes, verrugas, cicatrices, manchas. Yo las arrugas de tu frente, por ejemplo, te las quito en un santiamén.

“Hay instantes tristes en que un niño llora porque la madre le pegó muy duro, y días felices como cuando el corresponsal nuestro de Ciego de Ávila, Luis Raúl, me dijo en su provincia: ¡Ah! ¿Usted es Baldrich? ¡Qué deseos tenía de conocerlo, me encan­tan sus fotos! Esas cosas para mí son diplo­mas del tamaño de la mesa esta. Me recompensan mucho.

“Mi oficio es una magia y mi cámara es mi vida entera. Siempre me ha dicho la verdad, ha sido franca y abierta. En fin, la fotografía es mi gran amiga íntima”.

(Entrevista publicada en Juventud Rebelde, 12 de marzo de 2004)

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