Nereo pionero de la fotografía


Juan Fernando Merino/edlp


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Nueva York — Nereo, el más célebre de los fotógrafos colombianos activos, e indiscutiblemente uno de los tres o cuatro nombres más insignes en toda la historia de este medio en el país, ha recibido ya todos los premios, condecoraciones y distinciones a los que se puede aspirar en su oficio.

Sin exagerar. Porque a sus 87 años ya largos, el fotógrafo cartagenero Nereo López Meza —o simplemente ‘Nereo’, como lo conoce todo el mundo y como él prefiere que se le llame— ha sido honrado con todo tipo de reconocimientos, incluyendo la Cruz de Boyacá (el más alto honor que concede el gobierno de Colombia), el premio “Una vida una obra” del Ministerio de Cultura en el 2002 y un primer premio en el concurso internacional de Kodak en 1963 para la Feria Mundial de Nueva York. Además ha celebrado decenas de exposiciones, ha publicado numerosos libros de fotos, y su trabajo ha sido incluido en centenares de revistas, libros y enciclopedias…

Todo lo cual lo tiene bastante sin cuidado, según nos cuenta durante una larga conversación en el interior del Centro Rey Juan Carlos de la Universidad de Nueva York, donde lanzó en días pasados su más reciente proyecto, un calendario con fotos suyas tomadas en Colombia en los años 50s y 60s, publicado por la editorial Campana.

“Premios, diplomas, distinciones, medallas… ¡Me han dado tantos!”, nos dice. “Lástima que nunca vayan acompañados de dinero, porque las remuneraciones siempre han sido escasas y en muchas ocasiones no he encontrado el apoyo necesario”.

A Nereo, sin embargo, los premios, las menciones y la celebridad no lo han tentado a dormirse en los laureles, y es así que cuando ya se acerca a las nueve décadas de vida (“la muerte no está en mi agenda”, nos dice con su sonrisa espléndida) y a las seis décadas y media de ejercicio de su profesión, pasa ahora buena parte del año en Nueva York, explorando, aprendiendo, actualizándose en su oficio y trabajando en una multitud de proyectos pendientes, tanto para libros como para exposiciones”.

“En Nueva York he encontrado un nuevo hogar”, nos cuenta; “una ciudad donde me siento vivo y vibrante. Imagínate, una ciudad en la que se hablan 140 idiomas. Mi hija Lise, que es médico, y es mi verdadero ángel guardián, quiere que me vuelva a vivir a Colombia, pero yo le digo que si me vuelvo allá es a morirme, mientras que aquí estoy viviendo, descubriendo cosas nuevas cada día. Tengo un cuartico alquilado en Brooklyn pero vengo a Manhattan todos los días. Y respiro, siento la vitalidad de la ciudad”.

¡Una trayectoria insigne, ampliamente reconocida y con pocos paralelos en el oficio! No es poco logro para un niño huérfano que pasó un año entero viviendo en el interior de un bus urbano en Cartagena. ¡Literalmente!, como él mismo nos cuenta.

“Resulta que yo me quedé solo muy pronto, mi padre murió cuando yo tenía 5 años, y mi madre cuando tenía 11. Y estuve de pariente en pariente hasta que conseguí un sitio para dormir más permanente en el bus de un tío, pues en su casa no había espacio. Allí dormía, pero a las 4 de la mañana que empezaba el recorrido, tenía que bajarme, ducharme con la manguera para lavar el bus e irme a hacer las tareas a un parque hasta que llegaba la hora de entrar a la escuela. A las cinco me recogían en el bus y allí deambulaba para arriba y para abajo por Cartagena en mi asiento asignado, al lado del conductor, hasta que guardaban el bus a las 11 de la noche”.

Evidentemente no fueron fáciles los inicios de Nereo, quien también desempeñó en sus primeros años los oficios de ayudante del bus, ayudante de pesca, portero de una sala de cine, proyeccionista, y más adelante encargado de una sala de cine en el puerto fluvial de Barrancabermeja, gracias a la iniciativa del gerente regional de Cine Colombia en aquella época, Miguel Arenas, a quien recuerda con inmensa gratitud.

La etapa de Barrancabermeja, a principios de los años 40s, fue crucial para él. Allí tuvo acceso por primera vez a una cámara, empezó a estudiar por su cuenta fotografía en los libros que encontraba (llegaría a tener años más tarde 1,200 libros sobre el oficio, que hace poco donó al Museo Nacional de Colombia) y tomó un curso por correspondencia con el New York Institute of Photography, al culminar el cual viajaría a esta ciudad en 1947 para presentar su tesis en fotografía infantil.

Aquello sería una gran aventura e iniciaría un romance de Nereo con la ciudad de los rascacielos que ha durado medio siglo… Y un romance con Helen, una joven neoyorquina, que terminó en matrimonio, pero sólo duraría unos pocos meses.

“Lo que pasa es que nos enamoramos casi a primera vista”, nos explica; “pero yo también era un poco charlatán y le hablaba de culebras, historias exóticas y los caimanes del río Magdalena, y todas esas cosas. Ella se moría de las ganas de conocer y yo me fui adelante para preparar las cosas. Luego ella se enteró de que era un momento de mucha violencia en el país y canceló el viaje. Seis u ocho meses después me llamaron de la Embajada de Estados Unidos a decirme que había un petición de divorcio. No volví a saber de ella”.

Si bien no fueron nada fáciles los comienzos de Nereo, y si bien su vida daría muchísimas vueltas, también hay que decir que no le han faltado las oportunidades, los golpes de suerte o de coincidencia, en buena parte gracias a lo que él considera su filosofía básica en el trabajo y en la vida: No decirle que no a nada.

“Las palabras ‘no’, ‘no se puede’, ‘no lo hago’, no están en mi vocabulario”, nos dice. “Es así como he terminado haciendo las cosas más impensadas”.

Y fue así como en 1954 terminó siendo el protagonista de ‘La langosta azul’, la primera película colombiana “con un argumento surrealista de ciencia ficción”, en la que participaron García Márquez, el pintor Alejandro Obregón y otras figuras claves del llamado “Grupo de La Cueva”, grandes amigos suyos en aquella época.

“Era un relato de Alvaro Cepeda Samudio, Gabo ayudó con el guión y yo iba a ser solamente director de fotografía, pero el protagonista, el que iba a hacer el papel de ‘El Gringo’, cuando llegó dijo ‘yo no le jaló a esa mamadera de gallo’ (traducción: ‘no me involucro en esta tomadura de pelo’). Así que dijeron, ‘Nereo tiene ojos verdes, que haga de gringo’. Y claro, no iba a decir que no. Ahora la película pertenece al patrimonio fílmico colombiano y yo figuro como actor y director de fotografía”.

“Que por cierto no es el único proyecto cinematográfico que he hecho”, acota. “También produje un corto llamado ‘Libertad corrida’, basado en un cuento de Indalecio Camacho”.

De Nereo se podrían escribir volúmenes enteros sobre su vida, obra y anécdotas, pero además de su disposición para hacer lo que haga falta, hay dos aspectos claves para entender su vida y su trayectoria: por una parte su carácter de trotamundo, que lo ha llevado a viajar por multitud de países y servir como corresponsal de numerosos medios; y por otra parte, su voluntad de innovación, de estar siempre en la vanguardia de su oficio. Es así como Nereo fue uno de los primeros fotógrafos del continente en utilizar el ‘lente de ojo de pescado’ y el creador de una nueva técnica, ‘transfografías’, en las que él se ha inventado hasta el nombre. Ahora, a sus 87 años, Nereo sigue experimentando con nuevas técnicas y nuevos temas, “buscando el alma” en las imágenes que capta cotidianamente en Nueva York y preparando el lanzamiento de un nuevo libro sobre su obra, que publicará la editorial Campana. Le falta mucho por hacer: una vez publicado ese volumen, según nos cuenta, le quedan otros 17 proyectos editoriales. ¡Animo, maestro!

juan.merino@eldiariony.com

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