Una fotografía

TRIBUNA
CARMEN BUSMAYOR
EXISTEN pequeñas cosas que nos sostienen el alma en pie, nos hablan, nos cuentan a la vez que nos descubren resplandores y equilibrios insospechados, como esta fotografía veladora de mis días y de mis noches, a una mano de mi mano. Gracias a esta besada foto de ojos azules intento ser puntual como cada año a la cita con el Día Mundial del Alzheimer y recalo en el territorio de la enfermedad con el pensamiento, lugar el último que siempre debería tener las puertas abiertas para todos. Sin embargo, en demasiados momentos, alguien ignoto bloquea esas puertas y nadie, nada da fe del mismo. Digamos que entonces sucede el mal del pensamiento, de la palabra, del olvido, de la ausencia y hasta el de las manos y los pies, que en su desnorte no saben ir a ninguna parte o lo hacen de modo fallido o a duras penas o caen sin remedio en la inmovilidad. Tan querida foto me hace pensar que siempre, conforme en otra ocasión he escrito, toda enfermedad supone un latrocinio de parte de lo que hemos sido y una negación de aquello que podríamos ser, tantas veces, tantas un pobrísimo, escasísimo, penumbroso o nulo dominio sobre nuestro cuerpo y espíritu. Me evoca, además, el sentir de Pablo Neruda en los versos de su poema «El monte y el río»: «¿Quiénes son los que sufren? / No sé, pero son míos». Pues quiérase o no en el ser humano funciona el latido de la hermandad, al menos si ese es nuestro deseo. También, también en esa línea, me trae a la memoria aquellas palabras de Malaquías: «¿Acaso no tenemos un mismo padre? ¿Acaso no nos creó un único Dios?» Esta foto tan mía, de cara al norte de mi corazón, desde la mesita de noche me recuerda que la enfermedad muchas veces conlleva la muerte. Españoles de cielo arriba y abajo, tales Francisco Umbral -¡qué hermoso y paterno su libro Mortal y rosa- y el joven futbolista sevillano Antonio Puerta en fechas recientes son nombres rotundos. Claro que ese estadio tan desconsolador como final de la enfermedad, por veces, trae abrazos y reconciliaciones duraderas o frágiles, dando con ello muestras de que todos somos del otro lado del tiempo y no merecen la pena trifulcas, enfrentamientos o rencores, ni siquiera mínimos enfados o negación de saludo . Esta fotografía tan mía y tan llena de iluminaciones me cuenta que el sufrimiento es amplio. Pues va desde el propio aquejado, pese a que a veces no sepa referirlo, a las personas con él vinculadas por el afecto y de nada, nada vale entrar en rebeldía contra los numerosos tentáculos del mal. Hay que armarse de paciencia, dulzura y trabajo para no desfallecer en ese acto de difícil supervivencia que es la vida cuando el mal nos ataca desde todos los flancos. Puedo decir y digo «puedo prometo y prometo», expresaba Adolfo Suárez en junio de 1977, -el presidente que desde hace algunos años no sabe que fue presidente- que la rebeldía no conviene a los próximos en el afecto. Debemos tomar las riendas de tan punzante, recrudescente asunto. Conviene la asunción de esa ingrata, costosa realidad, no meter la cabeza bajo el ala ni liarse la manta a la cabeza y usar el armamento que tenemos escondido, teniendo o sin tener el más mínimo barrunto. Debemos ya al abrir la mañana delante de un cuerpo vacío de horizontes, un cuerpo ante el que cuesta hacer cualquier fiesta, poner las sílabas de la alegría a rodar por la casa, o al menos no dejar pasar del todo ciertas ilusiones o alivios, sobre todo cuando hace tiempo que la oscuridad lo domina todo y no se bate en retirada, inquietante e imparable, debemos, digo, ante esa persona de salud maltrecha, esa persona que acaso no sabe anunciarnos su dolencia, que acaso nos escucha pero no nos comprende, que acaso le sobran las frases, los vocablos, mas nunca nuestra caricia, nuestra sonrisa o nuestro beso, ante esa persona que acaso desde un silencio constante, desde una mudez diaria empuja y espesa nuestras lágrimas, debemos ya desde la madrugada usar la luz, no cegarnos en la desesperanza. Es difícil, cuesta, cuesta mucho sacudir la tristeza, demoler el desespero, hacer una abertura en nuestro pecho por donde entre todo aquello que desdiga a la angustia, a la abulia, al llanto. Pero él o ella están ahí y mientras están viven y como quiera que su existencia no sólo no cuadra con el bienestar sino que les falta la esencialidad de saber quién son y qué han de hacer por sí mismos , nosotros, los que estamos a su alrededor, aunque a veces atormentados, podemos, debemos darles una pizca y otra pizca y otra y otra y otra…. de mejor estar. No es imposible. ¿A que no? Hay que ser valientes y hacernos eco, según me aconsejaba mi padre, del mensaje napoleónico que atribuía la palabra «imposible» al diccionario de los cobardes. No viene bien nunca caer en la derrota. En los momentos más difíciles se impone recuperar el aliento y plantarlo de raíz en nuestro ánimo. Crecerá. Florecerá. Mi bien amada fotografía de ojos azules con sus labios de luz asiente.

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