¿Puede una fotografía matar?

PROBABLEMENTE muchos recuerden la foto. Fue tomada en Sudán, en mitad de una salvaje y aterradora hambruna. En ella aparece una niña pequeña, literalmente en los huesos, agotada por el hambre, sin fuerzas para levantarse, con la cara hundida en la tierra, mientras un buitre espera el momento para caer sobre ella. Es una de las fotos más espeluznantes que se recuerdan, tal vez la mejor fotografía sobre el hambre tomada nunca. La imagen misma del horror, de la terrible miseria que nos rodea, de la crueldad y monstruosidad que existe a la vuelta de la esquina. Nada más publicarse la foto, cientos de cartas colapsaron la redacción del periódico interesándose por la suerte que había corrido la niña. Al fotógrafo, el sudafricano Kevin Carter, todos le preguntaban lo mismo: ¿qué había hecho él para salvar a la niña? Carter se limitaba a balbucear y decir que, tras tirar la foto, espantó al buitre. Las críticas arreciaron cuando se supo que estuvo más de veinte minutos esperando en vano a que el buitre levantara el vuelo sobre la niña para hacer más espectacular la foto. La instantánea fue portada del ‘Times’ y premiada con el Pulitzer. Poco después Kevin Carter, incapaz de soportar las críticas y los remordimientos, se suicidó. Tenía 33 años.

Un documental recién estrenado indaga sobre las razones que le llevaron a suicidarse. Sus amigos y familiares hablan de él como de un hombre que vivió todo con gran intensidad, alguien atrapado en el inmenso contrasentido de los reporteros gráficos que fotografían tragedias durante el día mientras por la noche cenan tranquilamente en el hotel. Kevin Carter sentía vergüenza de ser un sudafricano blanco porque solo fotografiaba a sudafricanos negros muriendo. Por eso pidió trasladarse a Sudán, donde se encontró cara a cara con la niña, el buitre y la fotografía de su vida. A sus allegados les confesó que tenía pesadillas y que soñaba con sus ‘víctimas’, con la gente que había fotografiado, soñaba que de repente los muertos abrían los ojos. «He de acabar con todo. No puedo seguir viviendo. Me persiguen los recuerdos de las masacres y los cuerpos», fue la nota encontrada en el coche donde apareció asfixiado por inhalación de gases. Resulta evidente que la fotografía que le dio dinero, fama y poder acabó por asesinarle, una foto que cada noche le recordaba su execrable actitud de indiferencia ante la agonía de una niña desamparada. Carter disparó la foto, espantó al buitre y regresó a su casa a recoger premios, limitándose a poner la excusa de siempre, que había muchísimos niños en idénticas condiciones y que no podía ayudar a todos. Así que como no podía ayudar a todos no ayudó a ninguno. El buitre es Kevin Carter, se apresuraron a vociferar sus detractores. ¿Qué injusto (y fácil) es matar al mensajero! Sospecho que sin la foto de Carter, muchos seguirían sin saber dónde esta Sudán. Con toda seguridad, esta espantosa fotografía hizo mucho por millones de niños y despertó la conciencia de mucha gente. Los que criticaron desmedidamente al fotógrafo se comportaron de forma miserable, aunque tal vez fueron los primeros en darse cuenta de que todos salimos en esa fotografía. Y estamos al fondo, agazapados. Todos somos el buitre. A Carter la fotografía le mató. A nosotros nos deja con el culo al aire.

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