Mirones y obras maestras

Mirones y obras maestras

La exposición de Thomas Struth -fotos cautivadoras y magistrales de visitantes de museos delante de Velázquez en Madrid y contemplando un Leonardo en el Hermitage de San Petersburgo- culmina uno de los memorables proyectos artísticos de los últimos 20 años. Durante todo este tiempo, Struth ha estado haciendo fotos de gente en los museos. Están viendo arte, aunque se podría decir que la verdadera pregunta es qué están, y estamos, viendo.
Ahora mismo, la belleza de estas fotografías prácticamente se da por hecha. Esta muestra es una coda de la que se exhibió en el Prado, en la que Struth introdujo una docena de fotografías o más, algunas casi a tamaño natural, entre los cuadros y las esculturas. Hizo falta descaro y astucia. Estas fotografías, con las que uno se topaba irregular e inesperadamente, salpicaban salas de una grandeza casi implacable.
Algunas veces se entrometían. En ocasiones parecían irrelevantes. La mayoría de las veces desentonaban. Más tarde, me sorprendí recordando una fotografía que en el momento me pareció olvidable, del mismo modo que se recuerda más vívidamente a alguien que has visto de pasada en el museo que al mismo arte.
La obra de Struth implica en parte ocultar estas distinciones (y, por tanto, hacer que nos concentremos más en ellas) entre los espacios que hay en los cuadros que fotografía, los que ocupan las personas que están mirando esas pinturas, y los que ocupamos nosotros, que estamos mirando las fotografías.
En una sala de retratos pintados por Velázquez, Struth colocó una fotografía de dos jóvenes japonesas mirando fijamente una obra que está fuera del campo de la cámara, que daba la casualidad que estaba en el mismo sitio de la pared en el que ahora estaba colgada su foto. La mezcla de deseo y de reserva, medida a través de un claro abismo cultural, tenía una apariencia ligeramente cómica y conmovedora. Los cuadros de la pared les devolvían la mirada.
Enfrente del Tres de Mayo, de Goya, con el héroe ante el pelotón de fusilamiento, Struth interpuso una foto de público en Tokio, visto como una silueta oscura, admirando La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, préstamo del Louvre, dentro de una enorme urna de cristal antiséptica. Dos escenas de heroísmo histórico, la de Goya y la de Delacroix, sutilmente aminoradas por el crepúsculo moral del consumo moderno, un tipo de espectáculo que ha sustituido a otro.
En el Prado, Struth colocó también una foto de sí mismo (sólo se ven de forma borrosa su brazo y su hombro, con una chaqueta azul) mirando un autorretrato de Durero en Múnich, que, perfectamente enfocado, nos devuelve la mirada. Durero es el verdadero modelo en el autorretrato de Struth, la paradoja de la imagen. Esa fotografía estaba colgada al lado del autorretrato de Durero del Prado.
Y en el catálogo de la exposición del Prado también hay una fotografía de Struth de toda la instalación, una caja china virtual de alusiones, fiel a lo que a menudo constituye la experiencia en un museo abarrotado y entretenido, que es lo que nos perdemos cuando miramos.
El proyecto de Struth entronca con una larga y a menudo desapercibida tradición de pintar a gente que contempla el arte. Su frialdad y su escala panorámica, que simula encuentros reales en espacios reales, puede ser engañosa. La obra de Struth es sutilmente emocional y no se trata de un mero soporte satinado. Se ve cómo la experiencia del museo en general ha evolucionado en los últimos años, cómo han crecido las masas, junto con la distracción de los teléfonos móviles, pero también lo que no ha cambiado.
La expresión en las caras de dos mujeres de mediana edad, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra, compartiendo una audioguía en el Hermitage, buscando una obra de Leonardo, es eterna (sus miradas son a la vez esperanzadas y cautelosas). A la altura de sus hombros, con una visera rosa y tirantes de color lima, hay una especie de Madona estadounidense, un joven ángel del turismo.
Struth coloca la cámara junto al cuadro, de modo que nosotros vemos a esas personas mirando algo que no podemos ver. Agrupó varias de esas fotografías, diferentes, tomadas en diferentes momentos, para componer un friso; el flujo y reflujo de cuerpos proporciona unidad al conjunto. Hizo lo mismo con tomas combinadas de personas ante Las Meninas en el Prado, que sí vemos, y las figuras del cuadro miran a la gente que las mira.
Sala de espejos
En cuanto a nosotros, contemplamos las escenas tal como hacemos con el arte: aquí está el sonriente guía turístico, que se inclina hacia una melé de visitantes con los ojos como platos, que a su vez se apartan ligeramente del Velázquez, como si les intimidara su reputación. Allí, unos adolescentes españoles, indiferentes a las obras, discuten ante ellas, concentrados el uno en el otro, ignorando su poder. Sus posturas reproducen inconscientemente las de las figuras del cuadro. (Una chica vestida de rojo, doblada a la altura de la cintura, imita a la perfección a la sirvienta que está junto a la infanta; un chico con la mano a la espalda refleja a Velázquez tras su lienzo). El espacio se despliega dentro de la pintura, que en sí misma es una sala de espejos.
Y luego están los alumnos de escuela primaria a los que Struth fotografía, con sus uniformes, desperdigados como pétalos de flores ante La rendición de Breda de Velázquez, junto a la cual la famosa escultura antigua del niño que se saca la espina de un pie resulta una broma mordaz; es como uno de los niños distraídos. Un niño pequeño y de pelo oscuro en el término medio devuelve la mirada a la cámara, serio e insondable, como una especie de modelo real de enano de Velázquez. Una niña toca el hombro a otro niño. Su mano, que se mueve con rapidez, está ligeramente desenfocada. Como Velázquez, Struth desvela estos fragmentos de humanidad, que parecen corrientes, pero sobresalen, deteniendo el tiempo.
«Los momentos del pasado no permanecen quietos», como escribió Proust. «Conservan en nuestra memoria el movimiento que los empujó hacia el futuro, hacia un futuro que ya se ha convertido en pasado, y nos empuja en su progresión».
Las fotos de Struth tratan sobre este continuo, desde artistas como Velázquez hasta los espacios públicos adonde van a parar sus obras, y hasta nosotros. ¿Qué buscamos en un museo? Vamos a buscar la verdad en la pintura, y acabamos leyendo las caras de los demás. Nos buscamos a nosotros mismos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: