Franklin Mieses Burgo el valor de la estética

La labor poética de Mieses Burgos está cargada de metáforas e imágenes imposibles de ignorar. Ni los textos que pueden definirse como románticos y que en algunos casos es difícil mantener lejos de la cursilería, escapan a la corriente contemporánea que incidió en los poetas dominicanos de su época, lo que denota un afán, un ansia de obtener y de dar más, de elevarse con su canto
Para definir a Franklin Mieses Burgos se lo puede incluir junto a Manuel del Cabral, Domingo Moreno Jimenes y Pedro Mir como parte del conjunto de poetas que proyectan la identidad dominicana, que la representan y la elevan hasta convertirla en su sello .

Su canto pone de manifiesto una idiosincrasia que nos plasma como pueblo y que el poeta conoce y asume como propia.

Por dentro de tu noche solitaria, de un llanto de cuatrocientos años/ por dentro de tu noche caída entre esta isla como un cielo terrible/ entre la caña amarga y el negro que no siembra.
En esa muestra que nos ofrece en Paisaje con un merengue al fondo, nos desnuda, nos deja retratados como isleños, llenos de sudor y de penas, que bailan sus amarguras.

Bailemos un merengue que nunca más se acabe/ bailemos un merengue hasta la madrugada; que un hondo río de llanto tendrá que correr siempre.

Sin embargo, no solo se limita a ese concepto su obra; es una gama de textos que dejan al descubierto a un Franklin Mieses Burgos en lo polifacético de su canto, con una voz que registra ligeros cambios entre una época y otra, pero que logra mantenerlo como uno de los más altos exponentes de la poesía dominicana, que no teme acudir a lo dicho para nutrirse allí, que no necesitó partir de cero, ni romper con lo ya establecido, ni renegó recurrir al antes para elevarse.

Mostró que se puede beber del pasado sin atarse a él y, en cambio, realizar transformaciones a partir de retomar lo ya hecho.



Realidades y mitos se conjugan en la entrega de su trabajo para dar como resultado la elaboración de textos en los que la inspiración y la labor de búsqueda y perfeccionamiento se conjugan en un esfuerzo que debe ir siempre unido.

En Esta canción estaba tirada por el suelo, sale a relucir la obligación que siente de recoger las palabras, juntarlas y hacerlas un poema en el que se confunden lo abstracto y lo objetivo.

Yo entonces ignoraba que también las canciones como las hojas muertas caían de los árboles; no sabía que la luna se enredaba en las ramas, náufragas del sueño bajo el cristal del agua.

Ese texto es también una queja contra el silencio, el miedo que pare la ignorancia.

Esta canción estaba tirada por el suelo, como una hoja muerta, sin palabras, la hallaron unos hombres que luego me la dieron, porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

¿Acaso se sentía él en la necesidad de representar a aquellos hombres y fungir como vocero de unos hombres que aunque no cantaron, tuvieron el valor de por lo menos recoger la canción?

¿Se sentía compelido a actuar ante la imposibilidad de que esa canción fuera conocida y, en cambio, quedara sepultada por el temor? ¿Se esconde ahí un grito, un llamado a esos hombres borrados por el miedo o una crítica a esa actitud que los frenó?

Cualquiera que sea la respuesta, es indiscutible que el poeta tejió versos al afán de libertad, del que ningún artista ha quedado exento, y que construyó una manera de decir en la que envolvió denuncias de un modo sutil, pero enérgico, con el que supo oponerse a la tiranía.

Ellos todos se irán, dice en uno de esos poemas con los que hace frente al régimen del sátrapa, en el que de igual modo habla de la desesperanza y de la desolación que sembró esa época entre los dominicanos, y habla del después.

Nosotros nos quedamos, nos quedamos nosotros/ frente a la misma luna solitaria de siempre.

El aedo no pudo escapar a ese afán, que nadie ha podido explicar con certeza por qué surge, que persigue a los bardos por aliarse a la tristeza, a lo trágico, a ese mundo en el que se encuentra placer en la desolación.

Tambor, ¡Tambor!, hermana yo no quiero ser tambor/ me duelen demasiado los ojos en el agua/ desde que tengo abierta esta herida en el viento, expone en Fábula inefable de la niña loca, que puede clasificarse como un poema crudamente desgarrador, en el que la tragedia de una pequeña nos humedece los ojos y el alma.

En su caso, quizás esté la explicación a la angustia en la influencia que recibió de Bécquer y de las tragedias griegas, de los que se alimentó y con cuya calidad pudo igualarse, para salir airoso.



Es hombre que abraza su condición de cantor, con fervor, con ganas, que no puede sustraerse a ese oficio que lo marca.


Quiero el haz de tus gritos/ apretados y juntos/ para forjar con ellos un pueblo de palabras/ una ciudad de voces con campanas azules.

Ese ahínco, ese afanarse porque no se vayan las palabras, porque todos comprendan la magnitud del canto, es tal vez lo que lo lleva a decir más adelante en el mismo texto:

Entonces no comprendo cómo has llegado a mí sin una temblorosa canción entre las manos/ ¿Es que se han muerto todos los pájaros del mundo?

El fondo religioso de muchos de sus textos, en el que se hacen presentes el Génesis y otros libros de la Biblia, lo dibuja como un hombre que escudriña, que cuestiona y que también censura.

Como en el caso de la forma en que se refiere a la luz, primer elemento creado.

De toda esta demencia, la luz es la culpable.

¿Puede verse esa acusación como una censura a los inicios de los tiempos?

Los toques nostálgicos de “La Canción de la voz florecida” solo vienen a reforzar su aura de rapsoda inclinado también a los destellos de esperanza.

Yo sembraré mi voz en la carne del viento/ para que nazca un árbol de canciones/ después me iré soñando músicas inaudibles/ por los ojos sin párpados del llanto.



La música, el ritmo sostenido que logra mantener en sus versos, la limpieza de esos versos, son sin lugar a equivocarme una de las razones esenciales que realzan el trabajo del poeta, que sin caer en la simpleza logra un acercamiento instantáneo entre el lector y su obra.

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