Willy Aranguren: JUAN CARLOS . EL AMIGO CRÍTICO DE ARTE QUE SE FUE

Deseo escribir este texto sobre Juan Carlos Palenzuela, pero simplemente por su nombre de pila, más bien desde los sentimientos, desde la relación con el amigo a quien conocí y con el cual entablamos una bonita amistad hacia 1978 hasta este año.

Los recuerdos se acumulan, chocan, afloran, vienen y van. Recuerdo que me honró en la presentación de la publicación de mi primer librito, hecho con Juan Calzadilla, cuadernos Lagoven, sobre Armando Reverón, Galería de Arte Nacional. Estuvieron Manuel Espinoza, María Elena Ramos, Nelly Barbieri, el gran Mariano Díaz( diseñador de la publicación), Humberto Mata, Michelle Arias, Ana Gilda León, Hilda Fe Medina, Rafael “Gongo” Santana, otros entrañables amigos más. Poseo fotos de ello. Conocí más adelante a su linda familia, padres y hermanos (me reconocían como “Willy, el amigo de Juan Carlos de Barquisimeto”); nos encontrábamos, cual “ratones de biblioteca”, en la Biblioteca Nacional o en la de la Academia de la Historia. Nos escribimos bastante cuando él se encontraba con sus estudios en Paris y el suscrito, entre California y Pennsylvania (conservo las cartas, creativas). Compartimos siendo jurados de salones nacionales y en su apartamento estudio, con una gran biblioteca. Compartimos con Ivanova, su primera esposa. No he tenido la oportunidad de conocer a Ana, ahora su viuda.

Duele la partida definitiva de Juan Carlos, querido por muchos, menospreciado por otros, dentro del mundo del arte por su posición siempre crítica, a veces terrible y mordaz, irónica, “fregada”.

Pero es definitiva su contribución al conocimiento de las artes plásticas venezolanas, sobre todo a las contemporáneas, o a las del siglo XX, en sus manifestaciones de escultura, pintura, historia, salones de arte, fotografía, personajes, con el detalle juicioso del historiador atento a todos los procesos y pormenores, bien de investigaciones, de libros, de exposiciones, de los personajes, prioritariamente en Caracas o en la zona central: artistas, críticos de arte, galeristas, de todo ese mundo rico pero también difícil de las artes, donde no se escapa además el subjetivismo, el amor propio, la competencia, la obra como mercancía, las ansias de decir “verdades”, todo ello se confabula. Juan Carlos ha sido y fue el más prolífero investigador de quienes hemos ejercido esta profesión, de buenos sabores y a veces de sin sabores y muchas de sus reflexiones se pueden encontrar en El Nacional, El Universal y en otros periódicos y revistas culturales venezolanas y extranjeras, así como en sus catálogos y curadurías, amén de sus libros. Es el más importante investigador y documentalista del arte venezolano de estos tiempos nuestros.

Intuyo que Juan Carlos en el fondo tenía una convicción en torno a creer que el examen del arte debía ser mucho más riguroso y no verse como un problema poético, o con lo meramente plástico (aunque considero que ellas son esenciales), con otro tipo de acercamiento a los artistas, mayormente documental, histórico, de visitas a talleres, pero además acercándose a Marc Bloch, a Gombrich, a Panofsky y muy lejos, por ejemplo de Vasari, pero incluso también más amplio que Don Alfredo Boulton.

Lo lamentable es que en varias oportunidades llegó a infravalorar, a criticar con ironía, duramente, hasta descalificar la labor siempre valerosa y valiosa de colegas críticos como Juan Calzadilla, Rafael Pineda, Roldán Esteva Grillet, Bélgica Rodríguez, al mismo Boulton, a Simón Noriega, a Mariano Díaz. No fueron por cierto críticas constructivas sino hechas con la distinción de “niño tremendo”. Por supuesto que cada uno de ellos, como es lógico, reaccionó ante esas críticas y a veces no las tomaban en cuenta, pero se sintieron molestos y heridos, cual humanos y como personas que como el mismo Juan Carlos, transmiten pasión y entrega por nuestras artes plásticas, por nuestra cultura y patrimonio.

Pero, luego, más adelante vendría de parte de Juan Carlos un rectificar y así lo hizo y lo comprendieron los amigos. Y también favoreció y llegó a estudiar y publicar compilaciones de Mariano Picón Salas, de Leoncio Martínez, del amigo ido J. J. Mayz Lyon, mientras que hizo trizas el libro que el bueno de Gaston Diehl había escrito sobre Venezuela el cual llegó a publicarse por iniciativa del amigo pintor Oswaldo Vigas, ya fallecido el crítico. Diehl había estado muy allegado al arte y a los artistas venezolanos en los 50 y sesenta.

Sin embargo, en el arte, en la creatividad, en la creación no debe haber rencores y deben aclararse siempre malos entendidos. Nunca los trabajos desarrollados por estos colegas y otros serán sustituidos, tampoco son verdades eternas, corresponden a un momento histórico y lo que si debe hacerse son los enfoques nuevos, otras visiones, otras miradas. Calzadilla, Boulton, Pineda, Esteva Grillet, Díaz, Rodríguez, así como Juan Carlos, dieron, han dado sus fuerzas, su intelectualidad, su pasión por este arte nuestro al que por supuesto le faltan muchos investigadores, críticos que lo estudien, lo reconozcan como nuestro patrimonio imperecedero.

Estas fueron unas diferencias que en ciertos momentos nos alejaron de él, pero siempre siguió la amistad. En nuestro caso, llegó a comentar positivamente nuestros libritos, no tan buenos como los del él, y también hicimos otro tantol. Fueron 15 libros que nos dejó Juan Carlos, para que conociéramos un poco más de nuestras artes visuales. Fueron hechos con pasión y entrega. Lo llamé luego que me enteré por Perán Erminy de su operación y me dijo que estaba ya bien. Lo celebré. Luego me quedé mudo y paralizado cuando leo la nota de Esteva Grillet.

Hay mucho que estudiar y que agradecerle a Juan Carlos por la labor que realizó en pro de nuestras artes, de nuestra cultura, por nuestros jóvenes y por nuestros artistas ya consagrados, a pesar de (de nuevo) su posición de “Niño Terrible”. Entiendo además que ello hace falta en tanto ayuda a no sacralizar o endiosar las trayectorias.

Es una pérdida terrible Juan Carlos que te hayas ido ahora, cuando podrías haber dado mucho más. Un gran abrazo!. Simón y Ana (Aurita), mi esposa, también te envían otros!

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