Martha Fiennes en Cuba

Joel del Río (Para Prensa Latina) *

El aire de familia la delata, y así pasa estos días, rodeada de admiradores, estudiantes y nuevos amigos cubanos y latinoamericanos.

Martha Fiennes manifiesta su pertenencia al famoso clan de artistas británicos (que incluye reconocidos profesionales de la actuación, la fotografía, la literatura, la música y las artes plásticas) a través de idéntica blancura sonrosada, mirada celeste, y la misma inteligencia vivaz, escrutadora, refinada.

Hermana de los célebres actores Ralph y Joseph, la realizadora de Onegin (1998),también productora y guionista para las pantallas grande y chica, está en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, para ofrecer varios talleres de dirección y de fotografía, al tiempo que presentó en el cine Chaplin (el martes 10 y miércoles 11) su más reciente largo de ficción Cromofobia (2004).

En un breve descanso de su colmada agenda, aceptó conversar con Juventud Rebelde a propósito de su andar en un medio de expresión tan exigente como el audiovisual, coto de caza casi exclusivo de los hombres.

—¿Cuál es su relación con el cine, cómo llegó a la realización y cuáles son sus principales influencias?

—Creo que el cine es el más excitante y completo de los medios, y por eso animo a todos, sobre todo a los jóvenes, como los que he visto en esta Escuela, a que intenten hacerlo, porque a pesar del esfuerzo y los problemas que requiere, en algún nivel será siempre una muy gratificante recompensa, incluso si solamente la emprendes para servirte de una cierta tecnología contando un cuento.

Fui a una escuela de cine tres años, pero antes me había dedicado a la fotografía, influida tal vez por mi padre que era fotógrafo. En cuanto a mis influencias, me gustan mucho algunos directores latinoamericanos de mi generación, como Alejandro González Iñárritu y Amores perros o 21 gramos, u otras como Short Cuts; Magnolia o American Beauty, pero también están los clásicos inspiradores, como las grandes películas de Stanley Kubrick y Andrei Tarkovski.

De modo que llegué a mi primer filme a partir de un interés muy fuerte en lo visual, en la imagen en sí misma. Mi entrada en el cine tiene que ver también con un gusto muy fuerte por lo musical y por la manipulación sonora, de modo que, luego de trabajar mucho en el video clip, realicé algunos comerciales y cortometrajes de moda en súper 8.

—¿Cómo llegó a su vida ese drama psicológico, preciosista reconstrucción de la Rusia romántica, que es Onegin?

—Mi hermano Ralph llegó una mañana a mi apartamento, y mientras desayunábamos me dijo que acababa de leer la novela en versos de Pushkin y pensaba que podía ser una tremenda película. El no había hecho todavía ninguna de sus películas famosas, ni La lista de Schindler, y yo solo había realizado unos cuantos comerciales y video clips. Eramos muy jóvenes.

Fuimos trabajando en el guión a lo largo de varios años, involucramos a mucha gente importante en el proyecto y así fue creciendo. Mucho tiempo después, cuando yo estaba lista, pues había trabajado mucho más el guión, y Ralph encontró un tiempo libre pues ya era muy famoso, entonces la hicimos. Adoré trabajar con mi hermano, pues además del protagonista absoluto, fue el productor ejecutivo, y ambas cosas las realizó brillantemente.

Logramos financiamiento gracias al elenco que ya teníamos (mi hermano junto a la notable Liv Tyler), ya que les gustó el guión.

—Onegin trasluce mucho amor por la cultura rusa que me imagino forma parte de un proceso de acercamiento muy complejo.

—Por supuesto que estuve investigando durante años, buscando el origen de ciertas costumbres y frases. Es muy curioso que en Rusia, o en otros países de Europa Oriental como Polonia, casi todo el mundo conoce la obra, e incluso puede recitar de memoria algunos versos, pero en Europa Occidental puede ser que un graduado en Letras, en Oxford por ejemplo, no conozca de su existencia.

Es algo muy raro porque se trata de la figura más importante de la literatura rusa, comparable en importancia a Shakespeare o Moliere. Fuimos a Rusia a filmar la película, y antes tuvimos que consultar el significado real de muchos versos.

—¿Por qué Cromofobia? ¿Qué quiere decir una película con un título así de extravagante?

—Se refiere a una pieza de arte que compra uno de los muchos personajes, pero en un sentido más profundo quiero aludir a esas zonas de sombra, a los matices de luz y color, a las complejidades que mucha gente odia o teme.

Seguro que para cada espectador el título va a significar muchas más cosas cuando la vean, puede querer decir mucho, e incluso puede ser una palabra completamente vacía de sentido. Es una película con muchos personajes, que se relaciona con el mundo de los valores, con la contradicción entre materialismo e idealismo, con la excesiva imitación del consumismo y del modo de vida norteamericano, pero en pocas palabras hablo sobre la colisión de diferentes maneras de comportarse en una película que escribí a partir de mis propias experiencias, y sobre la ciudad donde yo vivo.

Los personajes tienen experiencias muy distintas y pertenecen a diferentes clases y entornos culturales, pero siempre hay una que se destaca sobre las otras, y es la historia que interpreta Kristin Scott Thomas, pues hay muchas mujeres como ella en el mundo occidental.

—Pasó mucho tiempo, tal vez demasiado, entre Onegin y Cromofobia…

—Después de Onegin, que fue aplaudida y premiada en varios países, pensé que recibiría otros proyectos de inmediato, pero nada de eso ocurrió. Tuve que concebir otras cosas, pero nunca dejé de trabajar. Todas las personas con posibilidades de levantar mis proyectos me dijeron que no todo el tiempo a cada una de mis ideas, y es un verdadero trauma tener que lidiar todo el tiempo con el rechazo.

En la actualidad tengo dos proyectos: un thriller y una suerte de filme histórico-biográfico sobre Mata Hari. Pero no dispongo del control todavía de ninguno de los dos, depende de la gente que se los lea y les guste uno o el otro.

Es casi el azar quien decide lo que va a pasar con la próxima película de uno, sobre todo cuando estás en el proceso en que yo estoy ahora: sacarlo en papel y llevárselo a los productores, publicistas, actores, que puedan levantarlo.

Lo de Mata Hari depende sobre todo de la actriz que encuentre, que quiera hacer el papel, que su nombre signifique algo para conseguir financiamiento, y además que tenga la edad, características físicas y la capacidad de interpretar a este personaje.

La historia de esta mujer ha sido contada muy mal, y mixtificándolo todo, unas cuatro veces. Nosotros nos apoyamos en los documentos oficiales que se liberaron en los años sesenta, de modo que estamos en condiciones de contar, por primera vez, la verdadera historia de Mata Hari, más allá del mito.

Mi película pretende descubrir que fue manipulada hasta el punto de convertirse en una especie de fantasía masculina, una estrella de cabaret, algo así como una Madonna de su época. Mata Hari no fue más que el chivo expiatorio de ambos bandos, franceses y alemanes.

Respecto al thriller que pienso hacer próximamente, lo está escribiendo mi esposo George Tiffin —director de fotografía y realizador que la acompaña impartiendo los talleres en San Antonio de los Baños— y la protagoniza Thandie Newton (El asedio, Crash, Misión imposible II, Beloved), esa asombrosa actriz perfectamente calificada para este papel, y cuya presencia es posible que me ayude a levantar el proyecto.

El filme hablará sobre la psicología de las personas que trabajan encubiertos, con otra personalidad; hay una historia de amor, y me interesó esa combinación genérica que proviene de unir la psicología, la tragedia, la acción y el suspense. Como se nota, mis próximos dos proyectos hablan de la mujer más en primera persona.

—¿Cree usted que su cine patentiza el punto de vista femenino que algunas realizadoras demandan de las películas hechas por mujeres?

—El 99,9 por ciento de la historia del cine está conformado por películas realizadas por hombres, así que el punto de vista masculino es el que se ha impuesto. Hay novelistas, por ejemplo, como Jane Austen, cuyo punto de vista sí es el de la mujer.

Si eres una mujer que hace películas, luego de pasar la enorme batalla de voluntad y determinación que requiere tal profesión, tu punto de vista será importante, y se percibirá aunque tú no lo pongas de manifiesto de manera consciente.

Como es un medio tan agresivo y las mujeres somos tan buenas organizando cosas, estas suelen quedarse como productoras o guionistas. Pero como directora la guerra y los retos son más altos, porque tiene que estar demostrando su creatividad todo el tiempo, y no todas se enfrentan a ese mundo condicionado para rechazarlas.

Pienso que hay una combinación de factores: están las dudas de las propias mujeres realizadoras y por otra parte la necesidad de estar completamente seguras respecto al talento propio y a lo que quieres hacer.

Puede también que existan muchas películas en que las mujeres no se representan a sí mismas en el nivel y con la fuerza que las caracteriza. Hay demasiadas en las que las mujeres apenas aparecen, pero no creo que la respuesta adecuada sea realizar películas solo con mujeres.

Mi interés como cineasta se manifiesta con profundidad en cuanto al retrato dimensionado de los personajes femeninos y también de los masculinos. Si Pushkin comprendió tan exquisitamente la naturaleza de Tatiana, ¿por qué no puedo yo intentar lo mismo con el personaje de Onegin? Estoy interesada en las dos naturalezas, y en ambas experiencias humanas».

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