«La creación plástica en China se halla entre lo subversivo y lo poético»

Laia Manonelles, que disertó ayer en el Artium sobre ‘Las vanguardias artísticas en China’, presenta en el centro-museo unos vídeos fundamentales para el visitante de ‘Zhu Yi!’, ya que los propios fotógrafos y ‘performers’ explican su obra al espectador y aportan las claves.

-¿De dónde viene su interés por el arte moderno en China?

-Estoy realizando una tesis doctoral de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona. Una parte de mi investigación versa precisamente sobre el arte contemporáneo chino. A raíz de ello, he realizado varios viajes a Pekín, donde hay muchos artistas, y he entrevistado a diferentes artistas para poder profundizar en los discursos y las propuestas de estos creadores, que aquí nos llegan en forma de catálogos y muchas veces no podemos tener suficiente información, saber hacia dónde orientan sus trabajos, más allá de una imagen.

-Así puede conocer el contexto en el que se desarrollan. ¿Qué importancia tiene esto?

-El contexto es fundamental para entender el arte contemporáneo chino, que surge a finales de los años 70. Podemos ver que en estas tres décadas ha habido muchos movimientos, con diversos grupos que transmiten el mismo espíritu combativo que existió en las vanguardias europeas a principios del siglo XX. Ellos han sintetizado las vanguardias en tres décadas, en el contexto político, cultural y económico en que viven.

-¿Cómo fueron sus orígenes?

-Tenemos que recordar que en 1978 empezó una nueva política de puertas abiertas, del presidente Deng Xiao Ping. A partir de aquel momento empezó una especie de simbiosis entre lo que era el antiguo comunismo y la nueva sociedad capitalista. Como consecuencia directa de este contexto, vemos la mayoría de las propuestas de los artistas.

-¿Qué opinión le merece la muestra ‘Zhu Yi!’ en el Artium?

-Es la primera gran exposición de arte chino en España. En Francia, Inglaterra o Alemania ha habido bastantes muestras, pero aquí se han expuesto cosas de manera independiente y faltaba una gran colección que permitiera a la ciudadanía conocer diferentes momentos históricos, artistas y una pluralidad de propuestas que ayudan también a entender la diversidad de obras y temas, así como el marco en que fueron concebidas.

-¿Considera que la creación plástica en China posee alguna característica específica?

-Creo que hay un elemento presente en muchas obras: el espíritu subversivo. Esta idea de criticar un sistema es consecuencia directa de la censura que han padecido y del contexto de represión que hubo en la Revolución Cultural. También hay un elemento poético, lírico. Son obras que son muy sugerentes y evocadoras, y la crítica aparace acompañada por esta poesía. Yo creo que así se puede definir a muchos de los artistas que podemos ver en esta exposición.

Hablan los autores

-En el área de documentación de la muestra hay unos vídeos en cuya elaboración ha participado. ¿Qué aportan estos audiovisuales?

-Le comentaba que al comienzo de la investigación para mi tesis doctoral hice varios viajes a China, a donde volveré la semana que viene. El objetivo era hablar directamente con estos artistas. A partir de estas conversaciones se crearon estos vídeos documentales, en los que los propios autores explican el contexto en que crearon sus obras y también el simbolismo de las diferentes piezas.

-¿Añaden claves importantes?

-Creo que es especialmente interesante ver al artista explicar de dónde surgieron sus propuestas. Hay seis entrevistas con autores que están presentes en la exposición, que hablan tanto de obras que se exhiben en Vitoria como de otras piezas. Las he realizado junto a otra persona, César Merino.

-¿Observa factores comunes?

-Sí, he podido entrever preocupaciones y ejes que se repiten entre artistas. He intentado que cada creador contextualice las obras y contrastar cómo ha vivido cada uno unas mismas circunstancias políticas y económicas.

-¿Destacaría de forma especial alguna pieza de la exposición?

-Yo destacaría una obra de Wang Qinsong, que se llama ‘Buddha’, en la que el artista se representa a sí mismo como un buda, sentado en una especie de cojín con el logotipo de la Coca-Cola. Y con once brazos en los que tiene elementos de la sociedad de consumo, como un móvil o dinero, un carrete fotográfico o cigarrillos. Con esta obra intenta amalgamar estas dos culturas, la occidental y la asiática, y ver cómo esta hibridación también genera muchas contradicciones, como que individuos se dirijan a Buda para pedir bienes materiales.

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