La fotografía

Manuel Laza Zerón
Carlitos es un romántico empedernido, un ejemplo tenaz de vivencias llevadas a extremos inconcebibles para el común de los mortales, cosa que sólo es dable en poetas de raíz o en matemáticos templados por el fuego ese impar de los números. Esto que acabo de escribir no tendría la más mínima importancia de no ser por una simple fotografía. Y esto que acabo de añadir tiene que ser explicado, si queremos un mínimo de coherencia en lo que se escribe, se imprime, y luego se lee o no, pero puede dejarse leer, que es de lo que se trata.

Tenemos que trasladarnos a los años de mil novecientos ochenta y tantos. Una simple operación mental, un elemental ejercicio de desmemoria, -y tener la suficiente edad para haber sido persona ya adulta en esas fechas -, con eso de momento basta para este viaje en el tiempo. Si eres más joven, lector, piénsate más acá en el tiempo, trasládate a los años de mil novecientos noventa y pocos. Y sigue leyendo.


El lugar, poco importa, pero pongamos que estamos en Lisboa, ante el estuario del aurífero río Tajo, y que nos acompaña un grupo de estudiantes. Pongamos que tú eres uno de ellos y le pides a don Carlos, (que es el Carlitos nuestro de ahora, y que no es el Carlitos del otro día que buscaba una farmacia céntrica con una receta en la mano: aquél Carlitos, era inventado, y éste es real. En la medida en que puede ser real un ser entrado en este tipo de escritos…), que se sitúe junto al grupo de amigos y colegas, “que es que quiero hacernos una foto”, le dices. Y él:


-Lo siento chaval, pero no me dejo fotografiar. ¿No sabes que las fotos acaban por doler?

Eso te ha dicho. “¡Qué borde, este profe!”, pensaste entonces. Y luego lo comentaste con algunos amigos, y cada cual tenía su teoría: “¡Es que ese tío tiene unas salidas, joder, que te cortan cantidad!”, decía Vicente. “No, lo que pasa es que es un borde”, insistías tú. “No tenemos ni idea de por qué se salió con ésas…, ¿quién sabe las motivaciones de cada cual?”, decía aquella chica, tan filósofa ella, tan empollona, y de cuyo nombre no puedes acordarte. ¡Estuvisteis hasta bien entrada la madrugada discutiendo el tema, entre chupitos y cervezas, y algunos, incluso, con algún que otro pitillo de la risaHoy, pasados casi esos veinte años de rigor de toda canción nostálgica que se precie, estás ante la famosa fotografía, justo ésa donde falta la figura, la seria figura llena de risa interior de Carlitos, -o de don Carlos, que eso depende -, y te ves junto a aquellos que fueron tus colegas de entonces, todos arrebujadamente apretados, como si el espacio os fuera a faltar, o como si os empujaran invisibles manos de gigante. Y allá estás y allá están, y ni tú eres ya aquél, ni aquellos ya…, ¡quién sabe siquiera si son! Y no está don Carlos-Carlitos, sino su hueco, como mucho. Y miras y miras la fotografía y te acuerdas de pronto de la noche aquella de las teorías y de lo que te dijo el ¿borde? del profe aquel, y al fin sabes que sí, que las fotografías pueden llegar a doler, y a doler de modos y maneras como sólo cada cual puede entender en sí mismo, sin tratar de explicar a los otros cómo es el dolor, pero entendiéndolo. Al dolor mismo, digo. ¿Acaso entender eso del dolor no es también algo de lo que se trata, y que importa más de lo que creemos así, sin más ni más? Pues va a ser que sí, quizá. Y nunca tengas por vano nada de cuanto hagas o digas

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: