Arte nuevo en viejas ciudades: Intercambio La Habana-Québec

Por: Nelson Herrera Ysla
03 de Abril, 2007

A pesar de la enorme distancia entre una ciudad canadiense y otra cubana, y de lenguas, sistemas políticos, sociales y económicos diferentes, y de climas totalmente opuestos, artistas de ambas ciudades parecen tener varias cosas en común, lo cual nos llevaría a pensar en las siempre increíbles posibilidades del arte como medio, actitud y gesto capaz de relacionar e integrar seres humanos por encima de sus diferencias y contribuir a una mejor comprensión de estas.

Existe la creencia generalizada de que ciertas culturas, basadas específicamente en una lengua común, están más aptas para el intercambio, para el diálogo fructífero en el terreno de las expresiones artísticas a partir de códigos visuales emparentados desde sus mismas raíces y estructuras significantes similares, muchas de ellas sedimentadas y legitimadas en el transcurso de los siglos, y si estas culturas se desarrollan en una geografía afín y en medio de situaciones sociopolíticas cercanas, con más razón se afianzan los argumentos para considerarlas como partes constitutivas de una misma condición humana, intelectual y espiritual.

Sin embargo la realidad, la vida misma, nos depara muchas sorpresas, y es por ello que podemos encontrar en remotas regiones del planeta –Asia, Medio Oriente, África, por ejemplo– códigos visuales mucho más cercanos y familiares a nosotros que aquellos provenientes de áreas cultural y geográficamente vinculadas a nuestra existencia aquí en América latina y El Caribe. Esto puede sentirse, comprobarse incluso, cuando observamos la fecunda obra del artista cubano Wifredo Lam (1902-1982), quien desde mediados de la década del 40 del pasado siglo, asimiló y asumió como suya una zona considerable del legado de diferentes culturas asiáticas y africanas para alimentar su obra enérgica, vital, descolonizadora y universal en el terreno de la pintura, el grabado y los objetos que lo convirtieron, de hecho, en uno de los artistas más sobresalientes del arte del siglo xx y admirado, sobre todo, en Europa y los Estados Unidos.

Se han escrito numerosos ensayos en el campo de la historiografía y la crítica para explicar la significación de la obra de Lam en los contextos cubano y caribeño, pero aún quedan por descifrar aspectos de su indudable atracción en otros contextos lejanos geográficamente. Tal vez haya que acudir también, sin prejuicios de ninguna índole, a la poesía, la magia y la seducción de sus imágenes, de ese universo de formas, espacios y colores que contienen símbolos y signos identificables en el imaginario colectivo de pueblos y culturas dispersos por todo el planeta y que, inconscientemente quizás, llevamos muchos seres humanos consigo por aquello de las migraciones a través de la historia, las conquistas y colonizaciones, los entrecruzamientos, los procesos de transculturación, hibridación y mestizaje que cada día, sin darnos cuenta, nos acercan más unos a otros.

Ese fenómeno nos sorprende también, en ocasiones, cuando nos enfrentamos ante un grupo de obras producidas en otras latitudes, tal como debiera ocurrir con este intercambio entre artistas de dos ciudades pertenecientes a culturas que se han desarrollado de manera independiente una de otra: Québec y La Habana.

Los artistas cubanos que participan por primera vez de este intercambio –gracias a la iniciativa y perseverancia de Richard Martel luego de su estancia en dos ocasiones como performer en la Bienal de La Habana del 2006 y del 2003 así como desde sus visitas a nuestro país a partir de 1991– son intérpretes significativos del arte contemporáneo de la Isla que se desarrolla con fuerza desde la década de 1990. A la mayoría los une el propósito de ensayar sus ideas, de crear sus propuestas artísticas dentro del fértil terreno de las nuevas tecnologías y de las intervenciones en espacios públicos. Les interesa explorar los límites del espacio físico donde pueden estar ubicadas sus obras en un intento por desbordarlo pero sin que ello implique desconocerlo sino todo lo contrario.

José Manuel Fors , el de más larga trayectoria del grupo, es un fotógrafo que ha ido deconstruyendo la imagen impresa hasta someterla a procesos de intensa fragmentación plana y volumétrica que resignifiquen sus propios códigos hasta crear otras imágenes en cierto sentido “nuevas”. Lo mismo ha hecho con el instrumental típico de la fotografía: cámara, lentes, trípodes, filmes, obturadores, los cuales se subordinan en aras de una nueva “gramática” visual generativa que alcance un alto grado de discursividad estética a la manera tradicional del arte, ya sea por la vía del objeto, de la escultura y hasta de la propia pintura.

Nelson Ramírez y Liudmila Velazco –por lo general trabajan en pareja– ejercitan en ensayo fotográfico lo mismo desde contenidos vinculados al contexto social y político como desde la fotografía misma. En un principio les fascinó la ciudad de la Habana, parte de su arquitectura ecléctica y ruinosa; luego otras zonas urbanas hasta llegar a la inmensidad espacial de la Plaza de la Revolución que les sirvió de pretexto para sondear las relaciones del individuo y la historia. Pero no se sintieron satisfechos con las dos dimensiones del papel fotográfico y comenzaron a incluir objetos, mobiliario, adornos domésticos, banderas, libros, todo aquello que alimentara el nudo de esa relación difícil hasta llegar a una suerte de instalación. La fotografía para ellos es un soporte más que participa de un discurso complejo en lo ideológico y estético, lo que les permite abordar prácticamente cualquier asunto de la realidad cotidiana y universal.

Aymée García comenzó como una joven pintora que se apropiaba de los códigos visuales del Renacimiento para plantear ideas en torno a la mujer y su rol social. Dotó a la pintura de otra dimensión objetual y escultórica en la continuación de sus reflexiones en cuestiones de género, luego inclinadas al ámbito doméstico donde la mujer aún tiene un rol fundamental. Los objetos que la rodean pasaron a ser protagonistas en sus instalaciones, desplazando por momentos a la pintura hasta que descubrió las posibilidades de la fotografía digital que, de hecho, hacía las veces de obra pictórica de notoria ambigüedad. La fotografía es para ella, ahora, un instrumento tan poderoso como la pintura para seguir indagando en torno a lo femenino en el mundo contemporáneo.

Raúl Cordero casi siempre ha elaborado sus obras a partir de la fotografía, sobre todo en la pintura. Luego desarrolló la fotografía en sí misma, en blanco y negro, hasta ir acercándose al video y la video instalación, también en blanco y negro. Ha incursionado en grandes formatos relacionados con el espacio público, a tal punto de que siente una especial atracción por ubicar sus obras en pleno contacto con el peatón, con el espectador a nivel urbano. Aborda diferentes temas y asuntos en sus obras, desde las relaciones humanas y cotidianas hasta los límites del discurso político donde se cruzan la existencia, la economía y la historia. Su interés y pasión por la música lo ha llevado a indagar en la construcción de obras a la manera de los disc jockeys tradicionales, lo cual es una alternativa creadora más dentro de su compleja trayectoria.

Luis Gómez ha recorrido un extenso camino dentro de la escultura y el objeto hasta lo más reciente en materia de video y computación, pasando por la fotografía a color, el dibujo, la pintura. Prácticamente ha cruzado por el arte contemporáneo cubano como por un fértil campo de creación múltiple sin detenerse en un paraje específico pues sus inquietudes son asombrosas en cuanto a soportes y temas. Sus preocupaciones se dirigen hacia un sentido de problematización de la existencia humana y del arte mismo y es en ese proceso de reflexión constante donde halla las mejores definiciones de sus propuestas artísticas.

Rigoberto Mena es un pintor de pies a cabeza. Y de la mejor tradición abstracta en nuestro país. Sus obras se hallan elaboradas sobre lienzos, maderas, metales y desde hace un tiempo a esta parte ha extendido sus límites al entorno citadino, como otros artistas cubanos, inconforme con el espacio cerrado de las galerías y museos. En la búsqueda de una imagen urbana de su reciente creación ha enfrentado la arquitectura habanera colonial y la de principios del siglo xx para dialogar con ella en toda su intensidad matérica, gráfica y pictórica: el resultado es una fusión de óleos, soldadura eléctrica, objetos cotidianos, metros contadores de agua y gas, contenedores de equipos de aire acondicionado, rejas de hierro, alambres de hierro en solares yermos de la ciudad de La Habana que por primera vez integra con una clara medida del peso de cada elemento y el equilibrio sostenido entre ellos.

Alain Pino explora la ductilidad de ciertos materiales considerados no artísticos para conformar sus complejas instalaciones en cualquier espacio posible pues domina con amplitud paredes, techos, pisos. Su vínculo raigal con el arte contemporáneo es a través de la fotografía impresa en soportes de plástico transparente, desde donde deforma la imagen en blanco y negro hasta someterla a las angustias, ansiedades y obsesiones del hombre: su discurso pasa a través de la ira, el grito y a veces del lado opuesto: la calma, la contemplación.

Fernando Rodríguez es reconocido por la construcción de un heterónimo, Francisco de la Cal , cuya finalidad es decir las cosas en nombre de él, cercano y alejado a la vez de todo compromiso estricto con el arte y la realidad. Con el tiempo, Francisco de la Cal redujo su discursividad verbal, sus “opiniones”, para diluirse en una masa compacta de otros franciscos , en esa muchedumbre silenciosa que es arrastrada, por momentos, hasta situaciones límites y absurdas en lo social y político. Este proceso de colectivización de lo que fue un individuo, ha pasado por el objeto y la instalación, la escultura, hasta desembocar en el video y la digitalización conocida como 3D y en la que su obra ha devenido argumentos muy bien facturados en animaciones con un alto sentido del humor.

Alejandro González , quizás el más joven de todos los artistas aquí representados, es un devoto de la fotografía, sea en blanco y negro o en colores. Le han fascinado los múltiples significados de la huella del hombre en el entramado urbano de la capital del país, la relevancia de ciertos elementos arquitectónicos y objetos por el nivel de plasticidad que comportan así como descubrir el rostro de hombres y mujeres en la noche habanera en situaciones de marginalización, de outsiders , fuera de las consabidas estructuras sociales impuestas por el orden y el control políticos. De ahí que sus imágenes actúan como registros sociológicos de un momento crucial de la realidad, documentos de identidad ciudadana o ensayo antropológico en ciertos territorios de lo que puede considerarse un universo oculto a la cotidianidad más evidente.

Mayin-B trabaja desde hace suficiente tiempo ya como un caso especial dentro de las estructuras de exhibición y circulación de las obras artísticas pues es uno de los pocos performers que existen y se mantienen fieles a su condición. Trabaja la mayor parte de su obra en espacios abiertos y públicos, provocando continuamente al espectador indiferente al arte, ya sea en portales y fachadas, parques, calles, utilizando fundamentalmente su propio cuerpo como soporte principal aunque se apoya en animales, objetos, fuego, equipos, sonidos, agua. Su propósito es crear diversas reacciones en el público, detonar su pasividad ante ciertas situaciones y condiciones, sean estas de índole intelectual o emocional, en una búsqueda afanosa por establecer finalmente relaciones mediante el impacto visual de orden estético.

Son artistas jóvenes –exceptuando quizás 3 de ellos que rebasan los 40 años de edad– de intensa y fecunda trayectoria en el arte cubano más reciente que tienen en común una cierta pluralidad de propuestas artísticas que no les impide alcanzar profundos niveles de conceptualización y reflexión en torno a problemas candentes del arte y la sociedad. Sus obras acusan gran simplicidad estructural, gran economía de medios, adaptándose sin dificultades a la realidad en que se insertan y a las condiciones materiales en las cuales trabajan. No puede hablarse de una filiación trascendente en cada uno, sea de orden conceptualista, minimal , performática , neofigurativa, pues no se lo han propuesto dadas las circunstancias tan variadas en que han trabajado dentro y fuera de Cuba: de ahí que una de sus principales virtudes es la de actuar en correspondencia e interrelación con los contextos y culturas que enfrentan.

La oportunidad de confrontar su ideario estético en una ciudad como Québec debe aumentar aun más sus expectativas creadoras y medir, por consiguiente, el grado de comunicación de sus obras construidas al calor de cualquier paradigma estético, dentro o fuera de cualquier paradigma crítico que han actuado como constantes en el arte cubano de las últimas décadas.

El flujo constante de artistas cubanos hacia el exterior en forma de intercambios como este, de participación en talleres o simposiums , de exhibiciones colectivas e individuales, becas, residencias prolongadas, ha ido moldeando el propio arte cubano producido por los más jóvenes, de modo especial. Ello relanza y reformula su condición de universalidad , o globalidad si se quiere llamarla así, que va mucho más allá de apropiaciones, hibridaciones y mestizajes tan al uso en el último cuarto del pasado siglo y sobre las que se escribió en cantidad considerable, pues a pesar de las influencias e interrelaciones necesarias que se establecen en todo contacto, estamos en presencia de una producción que no se desmarca esencialmente del contexto en la que surge: pareciera un destino, un fatum que nos obliga a reflexionar acerca, una vez más, de las identidades en acción que participan de procesos cada vez más complejos en la conformación de nuestra cultura (o quizás ya sería más apropiado decir de nuestras culturas) visual (es).

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