PHotoEspaña ficha a «mamá Brody»

Sylvia Plachy y Adrien Brody son uña y carne. Más allá de aquel niño, hijo único, que acompañaba a su madre al periódico «Village Voice», donde aprendió a ponerse delante de una cámara, ambos se trasvasan inspiración. Él constituye una fuente para retratar cuando Plachy coge su máquina de hacer fotos, ya sea para hacer retratos, en los escenarios donde se rodó «El pianista», o hace unos meses en el set de rodaje de «Manolete». Mamá (con permiso de Elliot Brody) tiene la culpa de que él hiciera carrera en el cine, de que ingresara en la Academia de Arte Dramático de Nueva York, de recibir los consejos para orientar su carrera al séptimo arte («que él tenga una sensibilidad especial viene de mí y de todo lo que ha sufrido mi familia», comenta a ABC) y de escoger «muy bien los papeles que le aportan algo especial».
Pese a que es habitual verlos, por ejemplo, desfilar por la alfombra roja de Hollywood, ella prefiere, sin embargo, no referirse a su hijo, algo inevitable si hablamos de lo que los americanos llaman una «celebrity» (un famoso). De hecho, gran parte del Oscar que le catapultó a la categoría de estrella en 2003, con «El pianista», aquella historia del judío polaco Wladyslaw Szpilman (a las órdenes de Roman Polanski) se lo sigue debiendo a esta fotoperiodista húngara (Budapest, 1943), cabeza de cartel este año en PHotoEspaña, donde se presentará una amplia retrospectiva de cien imágenes («De reojo», en el Círculo de Bellas Artes).
Brody (que vive un tórrido romance con la explosiva Elsa Pataky) se inspiró en las fotografías que hizo su madre en Bosnia para entender «la pérdida, la soledad y el nivel de tragedia que mucha gente ha experimentado en su mundo», según sus palabras. Su interpretación, sin embargo, va más allá. Porque esos significados están muy arraigados en su familia, forzada a salir de Budapest durante la represión soviética de noviembre de 1956, que llenó de tropas las calles de esta ciudad bañada por el Danubio.
A Austria con una maleta
Apenas una maleta para llegar a Austria y muchos recuerdos con los que Plachy llegó a Estados Unidos. Años después quedarían retratados en «Self Portrait with cows going home (Autorretrato con vacas volviendo a casa)» (2004), su obra más reconocida, un «puzzle» fotográfico de la Europa del Este que ella vio en su infancia y que, ocho años después de salir de Hungría, volvió para retratar. Son instantáneas de su vida mediante fragmentos imaginarios, misteriosos, en blanco y negro en su mayoría: los cambios en su Hungría natal a través de lo cotidiano, sombras extraviadas, edificios de apartamentos llenos de agujeros de balas que recuerdan esos trágicos episodios (10.000 muertos) de 1954, la huella del exilio (200.000 personas emigraron del país), pero también hay pasajes y casas, álbumes familiares, documentos fotográficos en los que muestra su visión de otros países del antiguo telón de acero: Rumanía, la Alemania Oriental, Checoslovaquia o la antigua Yugoslavia. El viaje termina en Estados Unidos.
Llorar una tragedia
Con esta obra, esta colaboradora de publicaciones como «The New York Times», «The New Yorker», «Time» o el ya mencionado «Village Voice» (sus trabajos datan de hace más de 30 años) afirma haberse liberado, según explica a este periódico. «Cuando has llorado por una tragedia, te lleva años poder sacar fuera tus emociones. Y «Self Portrait» me ayudó a entender todo lo ocurrido, expulsar de mí los peores recuerdos de mi infancia».
Plachy está presente en las colecciones fotográficas de museos como el Metropolitan y el MoMA (ambos en Nueva York), el de Arte Moderno de San Francisco, el de Grandes Obras de Houston o la Biblioteca Nacional de París, entre otros, y su obra ha sido expuesta en Francia, Inglaterra, Alemania, Eslovenia, Hungría, Canadá, Japón, China y Estados Unidos, pero no así en España.
Mireia Sentís, comisaria junto a Joaquín Gallego de la exposición que acoge PhotoEspaña sobre la autora de, entre otros, «Unguided Tour (Visita no guiada)» (1990), «Red Light: inside the sex industry (Luz roja: dentro de la industria del sexo)» (1996) o «Señas y Reliquias» (2000), explica así como la descubrió: «Durante años recorté las fotografías que publicaba en el «Village Voice», me gustaban tanto que luego las guardaba en un librito».
¿Qué fotografías se podrán ver? «Estarán -responde esta comisaria- Nueva York, sus viajes, sus retratos maravillosos, sus imágenes de animales… «De reojo» nos enseña su movimiento, como si no meditara mucho a la hora de hacer imágenes. Sin embargo, es muy introspectiva, y eso la diferencia de un fotorreportero al uso: es artista pero también retrata la realidad».
Plachy usa el color, pero prefiere el blanco y negro. Le resulta imperecedero: «Puede ser más dramático, cautivar más las emociones y expresar bellas metáforas».
El festival, que este lunes presenta su X edición, también servirá para ver a Plachy en su faceta de escritora: el catálogo de «De reojo» incluirá también, según Sentís, «sus textos, algo que no es muy habitual en este tipo de exposiciones».

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