Arco tenso


por Luis María Anson, de la Real Academia Española




La semana pasada estuve en una cena con Lourdes Fernández. Me encantó conversar con ella. Es una mujer sosegada y tranquila, inteligente y realista. Tiene conciencia clara de la dificultad que supone suceder a la gran Rosina Gómez-Baeza y sus éxitos. Pero está dispuesta a tensar el arco. Derrama sus ideas no como una lluvia fina sino como un aguacero. Ya veremos. Demos tiempo al tiempo.

Nunca he sistematizado mis visitas a Arco. Me introduzco en la feria caminando sin orden ni concierto, entre llamas y oleajes, escuchando los susurros y los alaridos, para salir impregnado de todos los colores, de todos los olores, como de un baño intenso y erizante. Arco es la gran borrachera del arte. Aturde y deja fuertes resacas. Enciende al espectador en la vorágine de la últimas inquietudes, de los aislados éxitos, del fracaso constante.

Este año –más endeble que otros, por cierto– me ha impresionado una resina de Zaha Hadid, el fotomosaico freeware de la prisión de Guantánamo, un Tàpies resuelto en pardos con atisbos tachistas, el espectacular acrílico de Broto y un Palazuelo estremecedor.

Hace daño, de tanta belleza, el Dozing consciousness, de Marina Abramovic, su body artSonno Grande, un poco decadente. Delicada y profunda Sandra Cinto, tinta china sobre papel. Anticuado Cveto Marsic, pero todavía con fuerza. Sorprendente la ingenuidad formal de Michael Najjar. Stephan Balkenhol orgasma la madera en un desnudo convencional pero cálido y no desdeñable. Ballester ensaya el abstracto fotográfico sobre fondo de libros. Jorge Pineda sorprende con una talla entre la avidez y el sueño. Ai Weiwei ha robado madera y hierro de un templo de la dinastía Ching para construir una escultura inquietante. Canogar rinde homenaje a aquel dipsómano genial que fue Jackson Pollock con su expesionismo abstracto. Krauss, en fin, presenta un mural que estremece, delirio arborescente de sus temores y temblores.

Las instalaciones, que no los Proyectos, se encuentran ya en la frontera del cansancio. Están fatigadas. Hay que hacer otra cosa. Me pareció discreto Artemio, apabullante Veilhan, atractiva Petschatnikov, tórpido Damien Hirst y su britart en decadencia. A los coreanos, ovación descriptible. No está mal la arena de Chang Young Kim. Tiene fuerza la impresión digital de Kim Joan y también un abstracto con papel de morera coreano de Kwang Young Chun. Y el toque de distinción de la delicadeza oriental.

Terminé derrengado, apartando a manotazos la inextinguible estupidez de algunos provocadores anticuados que explotan a los espectadores pedantes, numerosos como las estrellas del cielo. Este año no se ha llegado a la Merda d’artista, creación que Manzoni debió derramar sobre el cráneo de su padre. Eché de menos el temblor de la lucha de Colonia y Berlín, en la quinta vanguardia, contra Nueva York. Hablé con Lourdes Fernández del hiperdramatic, el cuerpo del hombre o la mujer convertido en lienzo, la creación artística que bordea la frontera de los derechos humanos. Tal vez sea capaz de traer un hiperdramatic el año que viene. Con dos tacones. En Arco descubrí yo los archipiélagos culturales de los Project Rooms, el Cutting Edge, los chillouts de los jóvenes arquitectos de los años dorados, el videoartBlack Box o las instalaciones movibles de Engelbrecht. Así es que salí un poco enmohecido del Arco de este año. Y triste, porque, como he dicho hace poco, duele que entre los cien grandes pintores del arte internacional, hoy, los de Index-Art, no figure ningún español, ni Barceló ni Uslé ni Tàpies. Es asunto a meditar cuando entre los diez nombres de más relieve de la pintura del siglo XX hay dos, tal vez cuatro nombres españoles: Picasso, Miró, Gris, Dalí. sepultado en plásticos. Tiembla una cera sobre vidrio de Bianchi. Se espiritualiza la tinta sobre papel de Ivan Grubanov. Se hace desnudo azul un acrílico sobre madera de Ryan McGuinness. Ha perdido interés la multiplicación de los peces de Tunick con las pieles al viento en una playa donostiarra. Caen gotas de bronce mórbido de la escultura de Baltasar Lobo. Es lo contrario del esfuerzo convencional de Igor Mitorag con su del

Luis María ANSON

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