Mayra Johnson: sensu eminentiori

Cada fotografía de “De vuelta al campo santo” muestra la pasividad-activa de una reflexión
Ylonka Nacidit-Perdomo/Especial para Clave Digital SANTO DOMINGO, D.N.- (El cielo estaba de blanco y azul claro. la vida reposaba en el tiempo, y la temporalidad era espíritu sustentada en el alma. sólo existía el momento como símbolo. lo eterno era la angustia del presente. había en entonces una afectación en el mundo de ingenuidad. las formas sensible se cubrían de raros misterios, y el silencio se expresaba en sí mismo como enigma y una nada inescrutable).Dios-Espíritu advertía que el sueño traía tristeza y melancolía a la divinidad, que en efecto la naturaleza reflejaba una luminosidad mágica. Entonces la “mirada de los ojos” ( augenblick) se hizo frágil aproximación al vértigo de la angustia. Dios hizo de la sucesión infinita la síntesis de la contradicción única para refugiarse en la verdad abierta.Enmanuel Kant hizo del juicio crítico un ejercicio estético-teológico. Intuyó “a la imagen pura en la vida del espíritu” (B. Croce). El arte es sólo una virtud de la alegoría, una idea que anima el ideal abstracto; no es un fecundo intelectualismo ni pensamiento, ni la voluntad de la imaginación; tampoco un sentimiento, mucho menos una individualidad de la conciencia humana, ni una síntesis a prioriel morir, es un recorrido que la tradición judeo-cristiana da como una continuidad hacia el futuro, echando a un lado lo onticamente puro de las apariencias, puesto que la resurrección es un discrimen a lo corporal.Mayra Johnson ha traído a la luz pública una excepcional representación y búsqueda de la existencia en la gravedad perecedera de lo humano.
como síntesis estética. Tal parece que el arte, por los siglos de los siglos, es la belleza del bien, y el bien la belleza de la libertad que, sólo se aprende por el amor al prójimo por el valor del lenguaje sensu eminentiori que guarda relación con los presagios del genio y su destino.Cuando acepté curar la exposición de fotografías de Mayra Johnson “De vuelta al campo santo” lo hice por una cuestión que en la vida griega llamaron “reminiscencia platónica” que Sören Kierkegaard resume de la manera siguiente: “La eternidad del griego queda a espaldas de él, como lo pasado, que sólo puede alcanzar. Por lo que sé el regreso es como

La esencia de su obra está en la pasión suya por dos interrogantes: 1. Las “horas en que el alma se adueña de sí misma y toca a su propia divinidad” (M. Unamuno), próxima a la vida como creación, consunción continua o muerte incesante que los dogmas de sumisión hacen suyo, y 2. su litúrgico encanto por las fuerzas sagradas de los cementerios.

Pienso que la ciudad de los sueños, el campo santo es, para Mayra Johnson, en principio, un espacio para oraciones, un templo de fe, no un simple lugar de fetichismo y osarios. Tal vez la artista, Mayra, ha creído bajo la luz del cielo blanco que allí descansan en paz los que murieron en paz en esta tierra corroída por la soberbia.

No obstante, entiendo que Mayra Johnson recurre a los cementerios porque teme a la afectividad simulada, a las astucias de la envidia, al elogio sin valía y a la ambigüedad felina de los otros.

Allí, yo sé, o intuyo saber que, en medio del desfallecimiento de las horas, ella comprende -como refugio- que nadie es más fuerte que quién está sólo, porque la vida es una batalla de impaciencias, de rutinas embrutecedoras en medio de cofradías que tienen a la vulgaridad como espejo de la verosimilitud.

¿Cuál es el acierto estético y humano de esta exposición que hoy presenciamos de Mayra Johnson de cara a una inquietud que no es corriente?

Yo, particularmente, cada día que veo con los ojos del alma el trabajo de esta artista, en la temática que ahora nos ocupa, siento inmensa felicidad, incluso puedo decir que leo muchas señales allí.

Su obra me enriquece, me trae interrogantes, me llena de entusiasmo… porque en la tormenta de la existencia que vivimos, ella ha creado con su intuición de sentimiento un ideal profundo de la belleza pura, que sólo es posible a través de la exégesis, del decurso sutil de la solemnidad austera del abandono al amor en lo que se cree.

La iconografía funeraria que nos presenta esta artista del lente, a través de veinte magistrales fotografías, motivan indudablemente a que, el crítico o el estudioso tenga ante sí una expresión del arte milenario, en este caso el arte religioso, para argumentar desde distintas ópticas.

Cualquier argumento que expongamos, difícilmente, no concluya en que estamos ante una mujer que ha meditado (a través de la captación de imágenes-fotográficas de esculturas sepulcrales) sobre la redención desde un punto de vista estético-espiritual-filosófico-metafísico.

Desde la inmortal antigüedad helénica donde los jónicos hicieron de las estatuas votivas figuras de gran majestuosidad femenina, cada escultor creaba su kore de delicada belleza para los santuarios, de ricos ajuares con “pliegues anchos de poca profundidad y caída vertical” (Betancourt), de pie y en reposo, o en movimiento.

Las korai del siglo VI vestían los peplos de la Grecia continental. Eran los tipos escultóricos favoritos para los monumentos funerarios como ofrendas votivas.

El tema de la mujer en la escultura dedálica surge a partir de Delos, logrando evolucionar en Atica y en la isla jónica de Samos, a un naturalismo impresionante, dotándolas los artistas de poses dinámicas en el cuerpo, los brazos, las piernas y el rostro.

Las korai eran diosas adornadas de collares y aretes donde la vista se reconciliaba por el manejo del cincel con la esencia de lo femenino plasmada –como diría Arquíloco- en el mirto.

Las korai de las acrópolis nos revelan, aún sin poseer mirada en su rostro, la aptitud emocional de la doncella, los rasgos de carácter psicológico y físico. Las korai que conocemos, esculpidas en mármol pario y mármol blanco ático con vetas azul-gris o cristales blanco de proporciones armónicas, moldeadas con “aire de suavidad y dulzura” a partir de una idea religiosa, sea Afrodita o Perséfona, plasman al decir de Betancourt “la hermosura y lozanía de una virginal juventud”.

Una mirada, vuelvo a reafirmar el principio de Kierkegaard, es un símbolo del tiempo. No en vano el mismo autor señala que “Al arte griego que culminó en la escultura le falta la mirada, ya que ellos “no conocieron el concepto del espíritu (…) ni la sensibilidad y la temporalidad, en su sentido más profundo. El cristianismo, en una contraposición absoluta con esto, se representa plásticamente a Dios como un ojo”.

Vuelvo y repito, la existencia reposa en el tiempo de la luz. Mayra Johnson captó en las esculturas yacentes del campo santo de Santa Magdalena de Pazzis al espíritu del sueño en lo incógnito de lo eterno.

Ella miró cualitativamente el fatum, la causalidad de la Providencia, el oráculo, la preponderante subjetividad del alma femenina, la culpa de la levedad y la conciliación del sacrificio.

Tuvo, nuestra artista, visión, intuición, representación y contemplación en sus ojos de esteta para huir de la fría apariencia de la imagen, del objeto en cuando idea, para tener un pensar vital. Ya lo dijo Miguel de Unamuno: “(…) al ojo le hizo la vida, y el ojo hizo la visión, y luego, por ministerio de la visión, perfeccionó la vida al ojo”.

Mayra Johnson a través del ojo quiso beber luz, beber fe, ya que vivir y morir es un reloj de arena sin descanso.

Las mujeres siempre quedamos presa por razones del corazón. No sabemos ser pragmáticas. Si observamos las esculturas femeninas de esta muestra descubriremos una gran austeridad de sufrimiento y una intensidad del dolor. La congoja es la certeza de la intimidad en la mirada célica, un modo de cruzar el laberinto indescifrable de las ceremonias de partida.

Cada fotografía de “De vuelta al campo santo” muestra la pasividad-activa de una reflexión. Sus expresiones plásticas son de trance en el devenir donde los opuestos se abandonan, se extinguen. La sentencia del Eclesiastés de que “todo es vanidad” es un affirmatio de que la conciencia del yo sólo encuentra unidad con el sentimiento del espíritu en la muerte.

Mayra Johnson para esta excepcional muestra iconográfica captó la “psiquicidad del espíritu”; agitó las cuestiones eternas, negó que el arte sea un fenómeno físico; no tuvo que especular sobre los “cánones” del Renacimiento ni los escolásticos de la Edad Media ni deformar la irrealidad del mundo físico. Nos trajo ella una obra maestra fotográfica de sentido y deleite, no un arte utilitario-intelectualizado-hedonista. Su arte es de preocupaciones cognoscitivas, de pensamiento, de fe; es mito de lo eterno, y religión de lo absoluto. Ella no se ha ufanado de las figuraciones abstractas. Su obra es una obra de voluntad, de suprema síntesis de lo puro y lo bello.



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