La vigencia del Premio Klemm

Desde hace ya una década, el premio convoca a cantidad de artistas y recibe obras de notable calidad. Además de la legitimación de la obra, y de la recompensa monetaria, ganarlo implica para los artistas la oportunidad de integrar una colección de grandes consagrados.



ANA MARIA BATTISTOZZI.
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La apertura de la última y décima edición fue el 6 de diciembre pasado, una fecha en que la agenda del arte se suele recalentar con los festejos de fin de año. Aun así, la convocatoria fue impecable: una multitud de artistas e invitados colmó el espacio, como en los tiempos inaugurales del premio, cuando el propio Federico Klemm se encargaba de expresar la filosofía de su legado: “Pienso dejar manifiesto mi concepto y mi discreción selectiva dentro del sistema del arte, perfilando al mismo tiempo el interés por las nuevas tendencias que vayan surgiendo en medio de las lamentables crisis que padecen los conservadores con cierto momento histórico del arte.” Haber transitado una década y sobrevivido varios años la ausencia del inefable Federico es un mérito, si se tiene en cuenta que el interés de los artistas no sólo permanece sino que se renueva con las generaciones.

Esta vez el premio mayor, de 10 mil pesos, le tocó a Luis Lindner, por su obra “Altenativa al nacimiento de la TV color por el espíritu del fútbol”, más que pintura sobre tela, un dibujo en el que el artista afirma su predilección por elaborar narrativas disparatadas sobre aspectos de la historia argentina. El segundo premio, la mitad de la cifra anterior, fue otorgado a Pablo Cabado por su fotografía “Pileta Olímpica”, una imagen del abandono, que de algún modo alude también a nuestra historia de grandes ambiciones y rotundos fracasos. Podría decirse que el mismo espíritu sobrevuela la obra seleccionada de Pablo Garber, un caleidoscopio fotográfico del Palacio del Correo vacío y en cierto modo asoma en el colage satírico de Alberto Passolini.

Linder es ya un clásico del arte argentino de la segunda mitad de los 90 y Cabado, un artista fotógrafo que, tras una larga residencia fuera del país, empieza a recomponer su presencia en el ámbito local a través de este tipo de apariciones. En la selección que realizó el jurado integrado por Rosa María Ravera, Rodrigo Alonso, Laura Buccellato, Carlos Espartaco y Nelly Perazzo, se cruzan varias generaciones, tal como aspiraba Klemm en el momento de lanzar el premio de su Fundación. Desde los mayores Eduardo Gil, Mabel Rubli y Oscar Elissamburu a Cristina Schiavi, Silvia Rivas, Mónica Van Asperen y Silvana Lacarra, de la generación intermedia que inauguró su actuación en los 90, a los más jóvenes Max Gómez Canle, Pablo Ziccarello, Guadalupe Miles, Luis Terán o Roxana Ramos.

Que la mayoría de ellos, que ya tienen un cierto lugar ganado en el panorama del arte argentino de las últimas décadas, respondan a la convocatoria, es un signo de la vigencia del Premio en el sentido de aquel perfil que imaginó su mentor. Es lo que ocurrió con las nueve ediciones que precedieron a ésta y en las que participaron y fueron premiados Carolina Antoniadis, Marcos López, Lucio Dorr, Juan Travnik, María Ester Joao, Rosalía Maguid y Hernán Marina, junto al joven Patricio Gil Flood.

En gran medida la fortuna y trascendencia histórica de un premio tiene que ver con la expectativa que logra instalar en el medio en un determinado momento. Así como el Ver y Estimar o el Di Tella han quedado asociados a la estética consagrada en los 60 y el Marcelo de Ridder y el Benson & Hedges a los 70, de alguna manera el Fortabat y el Costantini llegaron, por su prestigio a concitar las mayores expectativas de los artistas de los 80 y 90. Cabe preguntarse por lo que ocurrirá con la consideración futura del Premio Klemm, ya que en los últimos años han surgido otros premios de fundaciones privadas que, en consonancia con las nuevas estrategias de producción artística, apuntan a apoyar proyectos más que a premiar un concurso de obras ya realizadas. De todas formas tiene un lugar asegurado en la historia de esta última década. Que naciera en 1997 como premio de pintura; en el 2000 realizara una edición dedicada a la fotografía para luego abrirse a todas las disciplinas (foto, grabado, instalaciones y objetos) revela la intención de contener la realidad múltiple de la producción actual que ya no puede ser encasillada en el esquema tradicional por disciplinas. Una realidad tan elocuente obligó a modificar las estructuras de la mayor parte de los premios de nuestro país, desde el Chandon al Salón Nacional.

Por otro lado un premio es, además de una recompensa en dinero, una posición en las instancias de legitimación del campo cultural. En el caso puntual del Klemm, implica la oportunidad de integrar una colección habitada por obras de Magritte, Warhol, Joseph Beuys, Edgardo Giménez, Rómulo Macció, Pablo Suárez y Dalila Puzzovio, entre otros consagrados locales e internacionales. A la Academia Nacional de Bellas Artes, custodia actual de los bienes y legados de la Fundación, le cabe la responsabilidad de mantener viva esta instancia y dinamizarla en el marco de las intenciones de su creador.

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