El procedimiento silencio de Paul Virilio

Melanie Pérez
ESPECIAL PARA EN ROJO

Ahí, la palabra clave es el QUEREMOS de ese triunfo de
la voluntad de abolir las voces del silencio, por medio
del estrépito de esas famosas “máquinas de hacer ruido”
que preludian la devastación de la artillería de la Gran
Guerra. (102)

¿Qué queremos? ¿Queremos abolir las voces del silencio? Dicho así, en plural, no se puede contestar. Digo, yo quiero (entre otras cosas) una bicicleta nueva porque la mía me la robaron. Eso es ahora, porque mañana querré otra cosa, supongo. Pero, y los otros, ¿qué quieren? Más allá de sondeos de opinión y teléfonos interceptados, no se sabe. No por nada se le llama la mayoría silenciosa a esa suma de individuos que entra en los plurales.

Pero debo confesar una trampa. Como los detectives de los policiales, entro en un diálogo ficticio, porque mi interlocutor maneja menos información que yo. Ese epígrafe se refiere a una cita del futurista (facista) Marinetti en un Manifiesto técnico de los pintores futuristas. La cita lee: “Nuestras sensaciones ya no pueden ser susurradas; en adelante queremos que canten y que resuenen sobre nuestras telas como las fanfarrias ensordecedoras y triunfales” (citado en Virilio, 102). El QUEREMOS que está así, puesto en mayúscula en este libro que reflexiona sobre el arte en el mundo actual, se refiere al nosotros de los futuristas, como se los imagina Marinetti, claro está. Virilio lo trae a colación para hablar del procedimiento silencio. Las máquinas de hacer ruido a que se refiere serían el cine sonoro y el vídeo arte, la televisión, los carros en la calle; el ruido moderno. Es interesante que no se refiere a las máquinas de las fábricas (estamos en la era del servicio) porque relata que en Inglaterra se han inventado el ruido ambiental, conversaciones grabadas para que se pongan de fondo en las oficinas. Si no, el silencio es tal que cualquier ruido, un teléfono que suena, por ejemplo, les quita la concentración a los trabajadores (los ingleses y sus problemas… porque acá…). Me deja perpleja su condena a un medio del arte que lleva más de un siglo de historia y ha pasado ya sus iniciaciones (¿para qué perder el tiempo en eso?) Así lo dice él: Convertida en sonora a fines de la década de 1920—más exactamente en 1927, con la película The Jazz Singer–, la cinematografía no sólo les ha puesto anteojeras a los espectadores (“postigos de hierro”, dirá Kafka), sino que también, según Abel Gance, ha ahogado la mirada, esperando poner afónicas, y pronto enmudecerlas, a las artes plásticas. 103 Propone el silencio como el espacio para la meditación ¿? Es un cliché. Pero en el fondo el argumento es más complicado que eso. Se refiere al silencio del que calla. El que calla otorga, comienza citando. Luego se refiere a las masas silenciosas. Se pregunta si el silencio puede ser disidente (porque no conoce a Sor Juana, entre otros) y termina hablando del silencio de las formas en el arte. Dice que éste ha mutado en MUTISMO (parece que a Virilio le gustan las mayúsculas); el de la abstracción y el de la figuración incierta (109).

El tema del mutismo está en los dos ensayos que componen este libro. El primero, titulado “Un arte despiadado” describe la escena del arte contemporáneo como una en la que las obras muestran y no demuestran, así, sin ética, sin opinión aparente, sin piedad. Ese afán de mostrar lo entiende emparentado con lo obsceno. Dice: Finalmente, el arte “moderno” habrá sabido ver lo que, en nuestros días, los medios de comunicación y telecomunicación llevan a cabo cotidianamente: la puesta en abismo del cuerpo, de la figura, con el riesgo mayor de una hiperviolencia sistémica y del auge de una alta frecuencia pornográfica, sin ninguna proporción en relación con la sexualidad: “Hay que extinguir la desmesura antes que el incendio”, estimaba Heráclito. (55)

Así, la voz de Virilio se asemeja a veces –para mi gusto– demasiado a la de un cura de barrio. Sin embargo, le concedo que su análisis provoca la reflexión. Es cierto que lo obsceno se caracteriza por mostrar de modo enfático, aunque no siempre lúdico, paródico o reflexivo, lo que generalmente permanece oculto. Así, me pregunto mientras tengo el libro con la izquierda y le doy vueltas a un rizo del cabello con la derecha: ¿Cuáles son o deberían ser los límites del silencio hoy? El de los ciudadanos que no queremos que se nos interpele se nos quiera conocer sólo como consumidores (¿tiene su Pueblo card? ¿Cuál es su número de teléfono, su código de área. Esta llamada será monitoreada para asegurar la calidad del servicio. Argumento político: Esto es así porque es así, véanlo que es así y así queda demostrado. Repito…). Si los legisladores nos aburren con su espectáculo, ¿la solución es no votar? ¿Cómo funciona esa negativa, ese silencio, en el tejido social de hoy? Y siguiendo más de cerca la materia de la que tratan los ensayos, cabe preguntarse por la escena artística contemporánea, en las artes representativas, visuales, escriturales. En ellas ¿se demuestra algo, más allá de mostrar? ¿Es necesario? Es cierto que muestran. La fragmentarción de la forma en cualquiera de estas artes, por ejemplo, no argumenta, no interpela de modo directo. ¿Demuestra algo? ¿Cuál es su público? Las vanguardias históricas tenían una vocación de epater. ¿Asusta a alguien un trabajo artístico contemporáneo? Virilio argumenta que sí y recuerda aquella exposición que Giuliani trató de cerrar en Nueva York porque tenía una virgen embarrada en excremento. Más allá de la profanación de lo sacro que espantó al entonces alcalde de Nueva York, lo que le molesta a este filósofo es que el gesto no diga nada, del mismo modo que la pornografía no dice nada, sino que muestra.

También es cierto que hemos visto tanto, a veces por trotamundos y otras porque no nos desconectamos del satélite, que ya no nos espanta gran cosa. Hemos visto asesinatos desde que tenemos memoria, guerras, cuerpos desnudos, sexo, peleas a gritos, ¿qué más nos va a asustar? Mi propósito no es argumentar que nos debemos mantener ingenuos, ciegos, para que nos asusten las muertes, para que aborrezcamos la guerra, para que nos guste el sexo (o lo evitemos, según las opiniones). Son realidades que no hay por qué evitar mirar. Más bien me pregunto qué efecto pueden tener ciertas formas en el público habituado a consumir ciertas imágenes.

Si la pintura en su momento abandonó la representación porque buscaba hacer pensar de un modo distinto a los modos a los que estábamos acostumbrados y se centró en mostrar impresiones, luego las expresiones del subconsciente, luego trazos, luego manchas… todos gestos que en su momento decían algo… ¿Ahora qué si ya nos acostumbramos a ver impresiones y expresiones y trazos y manchas? Virilio casi sugiere que hoy sería más revolucionario volver a la representación. No estoy de acuerdo con él.

Si hace veinte años los universitarios tenían problemas para asimilar una estructura fragmentada y no claramente representativa, la generación MTV la ha naturalizado. En el campo de la literatura, por ejemplo, hace tiempo que se rompió con el tiempo lineal para contar una historia y se ha recurrido a infinitos juegos con la forma. La narrativa ni siquiera tiene que narrar; puede prescindir de la trama. Sin embargo, esto no espanta a los jóvenes que, incluso, prefieren este formato. Una trama difícil, como lo era Pedro Páramo, de Rulfo, hoy día es pan comido para los jóvenes lectores. Hasta encuentran este formato un poco naif. Así, si los impresionistas se centraban en la poética de lo efímero y lo relativo, ante la fotografía, pensada como mirada objetiva (que no lo es), por un lado, y la ciencia que comienza a organizar el mundo desde el siglo XIX, entonces, Virilio se pregunta desde un interesante neologismo, ¿qué es el arte extremo? ¿qué función tiene? ¿qué aporta? Si las artes modernas se han dado en contrapunto con la ciencia (entre otras cosas) ¿podrá la ingeniería genética aportar instrumentos para nuevas formas de arte vivo? Virilio cita un experimento con unos pollos, cuyo material genético ha sido alterado para que nazcan patas en el lugar de las alas.

El otro extremo está en la hiperrealidad que vivimos. Podemos ver en vivo el linchamiento de Hussein, como vimos los bombazos en la Guerra del Golfo y las posteriores. Si se enciende el televisor a cualquier hora, se pude ver un juicio en vivo, la policía que procede a arrestar a algún miserable, o la rápida y eficiente respuesta del sistema de emergencia. Los reality show son otro ejemplo. Esa ficción de realidad tiene la necesaria función de sustituir la realidad en la medida que el aparato estatal que se montó para la modernidad no sirve, no funciona, pero hay que mantener una impresión de orden, desde el simulacro. Por lo menos mantener la esperanza en que algún día, seremos famosos.

Así, las técnicas del realismo hoy día parecen inverosímiles, por razones múltiples, y la experimentación con la forma puede repetir la fragmentación informática que nos paraliza porque nos impide pensar. Si la información que recibo son fragmentos recortados sin contexto evidente, entonces no puedo llegar a conclusiones, como el lector del policial que siempre está un paso atrás de Sherlock. ¿Es que el arte actual nos vuelve a mostrar lo que ya vemos, como ya lo vemos? Vuelve la pregunta.

No todo. No siempre; pienso, sin embargo. Sospecho que las artes nos ayudan a pensar porque reorganizan el material que manejamos de modo poético. La poesía es el arte de decir mucho con poco; de estimular ideas, sentimientos, reflexiones. La buena poesía ilumina oscuridades que no sabíamos que habitábamos o que nos habitaban o que es posible habitar: como esos polvillos que de repente se hacen visibles con una resolana. La poesía muestra, más que demostrar nada, por lo que estoy en desacuerdo con Virilio. Aun sin entrar en las trampas de la piedad; esa palabra tan condescendiente que titula el primero de los ensayos del libro. La pregunta correcta, entonces, sería si hay poesía en todo el arte que se produce. Pero le agradezco la ocasión de debatir, que no es bueno que el silencio, si es no querer decir de lo que se podría decir, quede sin rótulo, para evitar que se lo malinterprete. Así decía Sor Juana.

La autora es profesora en el Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR en Río Piedras.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: