Yoryi, el arte de pronunciar la luz


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POR RAFAEL P. RODRIGUEZ
SANTIAGO: Ese artista que calladamente nace a la pintura en los años 30 del siglo xx es el poeta de un mundo rural que no se siente, de una aldea en la que la mañana se desata a pronunciar sus reverberaciones sin prodigio alguno, al menos memorable.

El futuro inmediato incendia sus telas de vibrantes framboyanes colorados a orillas de caminos poblados de una tristeza lírica y somnolienta.

El arte negoció del tiempo su presencia cambiante para mantenerse en ese estado de perennidad que le permite no ser más que arte.

El primer testimonio de ese raro acontecimiento llamado Yoryi Morel es un “paisaje con casa” donde no se muestra la figura humana empobrecida y deshilachada que convirtió en tema obsesivo de sus cuadros, sino la montaña sempiterna del vacío profundo, el rancho desvencijado y oscuro techado de amarillo, las palmeras erectas abanicando un cielo solitario, y esas sombras de color vino que se derraman frente a un bosque breve, de un ocre suave y vigoroso, alborotado por la brisa.

Es cierto que cumplió los encargos emocionados de la élite social de aquellos momentos que le prodigaban realizaciones hermosas y de enorme certeza.

Pero sus coloridas persecuciones personales del dolor social jamás escaparon de esas manos con las que retrató la vida pueblerina que Yoryi amó a conciencia.

La eficacia del artista se decide en esa extraña manera, casi mágica, con que nos hace leer en una mirada antigua la actualidad permanente de los sentimientos.

El vio la vida desvaneciéndose en tonalidades de una fortaleza resplandeciente.

Vio los sueños de la gente, sus tramutaciones y sus holocaustos silenciosos.

Vio desamparos entretejidos de trascendencia, los rápidos innavegables de cada río en los que un Caronte desalentado conduce a las almas al descanso del hogar sin esperanza.

Vio con encantamiento el camino polvoriento con pedrería de encantamiento, vio el horizonte calcinado en que una centella solitaria se apodera del cielo.

Las primeras obras de este maestro desorbitado por el deslumbramiento de la campiña del Cibao, que siente estar descubriendo que cada momento, resplandecen bajo una luna imperfecta y como decadente, avergonzada de aparecerse pura y sobria ante el caserío donde la simiente de un dios lleno de humanidad y de claridades se queda a dormir como si fuera para siempre.

La geografía inicial, líquida y transparente, que Yoryi recorre en sus primeros trazos de pureza no los dedica a quienes están dispuestos a pagar más por una pieza que se comporta como presa de gran valor y subasta, como pudiera esperarse de un artista joven que procura fortuna y ciencia, sino a los demenciados, a los juegos ingenuos que develan esas enramadas levantadas al cristal de su lienzo que como una niebla temblorosa, lo espera en la distancia.

La “negrita” de paño rojo en la cabeza que mira sin mirar una realidad que no le pertenece, la anciana de ojos claros en que se arremolina la resignación como una sentencia de condena, el loco del barrio, la nube que se cierne sobre un paisaje de soles multiplicados por sus cosechas, las muchachas que van llegando a las pulperías campesinas, las galleras ensordecedoras, las lámparas inocentes.

Todo va estallando de relámpagos agónicos alrededor del artista signado por una fama sin recompensa, todo va rehaciéndose y deshaciéndose entre sus manos vigorosas.

Ese mundo de un caos aparente pictórico en el que Yoryi se goza como una deidad desconcertante cobra una serenidad ascendente, repone en la belleza de sus aciertos armónicos lo que parecía irrecuperable por siempre.

Repone la enramada, la tierra enrojecida la mirada hierática de Beethoven, la sequedad de las casas de tejemaní, techadas de cana, la alta dama de mirada apacible, la fronda de ondulantes tonalidades, la barcaza que es más bien un naufragio, la estampa memorable del anciano atado a un cachimbo ennegrecido y seco, las orillas de un cielo con mares con olas de artificio y cieno.

Hay en ese Yoryi que va emergiendo de la tierra campesinos de una dignidad que en nuestra realidad pictórica no tiene precedentes; hay una música que escuchamos recorriendo la bella coloración de sus frescos todavía ingenuos.

Velas solitarias, tazas que van leyéndose a la luz de una creencia inevitable, bosques de palmera que de nuevo recuperan su espacio en la elegancia de un trazado que no intenta nada, salvo la autoexorcisación del artista para que los demonios de su creación no lo desdibujen sin haberle dicho a su pueblo cuánto le ama sin darse esas treguas que hacen sospechosa su carta de ruta.

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