Para salvar el mundo

LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA ESTARÁ A CARGO DEL ESCRITOR PEDRO ANTONIO VALDEZ
Portada de la reciente novela de Julia Alvarez a que lleva el sello de Alfaguara. Sobre la expedición de la viruela, que zarpó de España en 1803, dice Julia Álvarez: “Carlos IV nombró al doctor Francisco Balmis para llevar a todas sus colonias esta cura contra una de las más mortales epidemias de la época, la viruela. Pero el doctor Balmis enfrentó un problema. Sin refrigeración, ¿cómo mantener las propiedades de la vacuna durante los largos recorridos oceánicos y continentales? La manera más segura era infectar a portadores vivos. ¡Y funcionó!”
Fragmento tomado del capítulo I. Septiembre de 1803:
El salón había sido en otro tiempo el recibidor de Doña Teresa, y conservaba aún cierto aire de su elegancia pretérita. La dama había dejado allí algunos componentes del lujoso mobiliario original: una gruesa alfombra con patrones de vivos colores, que su esposo le había comprado a un comerciante de ultramarinos; una enorme mesa sobre la cual los visitantes podían colocar lo que traían; algunas sillas de sombría apariencia, incómodas a la hora de sentarse, las cuales, según confesaba entre risas doña Teresa, estaban allí a propósito.

A su esposo le disgustaban los interminables desfiles de visitantes y peticionarios en su casa. Por tal razón, para evitar que se acomodaran a sus anchas, don Manuel había encargado a su maestro carpintero que hiciera media docena de sillas de respaldar recto con asientos duros y con protuberancias, gracias a lo cual resultaba imposible asentar las posaderas en ellos por más de unos minutos. Doña Teresa reía de buena gana cada vez que narraba la historia. En ocasiones, se deleitaba con el recuerdo de las picardías de su difunto esposo.

Y como si hubiera descubierto la estratagema de don Manuel, encontré a nuestro visitante de pie, de espaldas, contemplando el enorme tapiz que doña Teresa había dejado en la pared, decorado con una imagen de la Virgen arrodillada, con la cabeza inclinada, mientras el ángel Gabriel le comunica la misteriosa nueva. (…)

Entré a la habitación sin que me detectara el visitante —algo que había perfeccionado con los años— para poder disfrutar el ver sin ser vista. Y aproveché la oportunidad para estudiar al desconocido. No era mucho más alto que yo, en cierta medida demasiado bajo para ser hombre, aunque el uniforme le otorgaba la impresión de una mayor estatura que la real. ¡Lo manda el Rey! Cándido seguiría repitiendo lo mismo por días sin término. La memoria de nuestros pobres chicos era parca en otros recuerdos que no fueran sombríos, por lo que tendría que pasar algún tiempo para borrar de sus mentes este incidente más feliz.

—Oh —al volverse, el hombre no pudo ocultar su sorpresa al encontrar ante sí a una dama con el rostro oculto por un velo. Entre nosotros, sobre la enorme mesa, descansaba un pergamino enrollado, y un libro cuyo título no alcancé a distinguir. Y entre éstos, su tricornio, al cual miró el visitante, como si estuviera pensando en volvérselo a poner para luego quitárselo en un saludo ceremonioso. Pero, por el contrario, me otorgó una leve inclinación de cabeza—. ¿Doña Isabel Sendales de Gómez? —preguntó. “Y Gómez”, pensé, pero no quise rectificar el nombre. Entonces, nuestro Francisco se había limitado a repetir el error del visitante.

—¿En qué puedo servirle, don…? —dije, prefiriendo no arriesgarme a decir un nombre incorrecto. Mis niños podían ser tremendamente inexactos en sus informes. —Francisco Xavier Balmis, Médico Honorario de las Cámaras Reales, Cirujano Consultor de los Ejércitos —de ahí el uniforme—, Director de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna… —se detuvo de repente, como si le fatigara su propia importancia. O quizá había oído mi suspiro. No debía ser tan descuidada. El hecho de llevar la mantilla permitía que mi rostro reflejara abiertamente mis sentimientos, sin temor a que fueran descubiertos.

Pero los suspiros eran perfectamente audibles. —Vengo en mi capacidad de director de esa expedición, doña Isabel. Es una misión extraordinaria, por decreto de nuestro buen rey Carlos IV —dijo, inclinando ligeramente la cabeza a la mención de Su Alteza Real. ¿Nuestro? ¿Buen? ¿Rey? Pudo escuchar en su imaginación cómo doña Teresa punteaba cada palabra como las cuerdas de un laúd desafinado. Le encantaría oponerse a esa descripción, pensé, recordando las “homilías” de doña Teresa. Quizá la asociación de nuestro visitante a “nuestro buen rey” era la razón por la cual no lo había acompañado a casa.

—Esta expedición llevará la salvación a millones de personas que de otra forma perecerían víctimas de las viruelas… ¡Viruelas! La sola mención de tal palabra era como una infección. Comencé a sentir escozor en la piel. Mis viejas cicatrices palpitaban como si fuesen a abrirse nuevamente, como bocas repitiendo: Viruelas, viruelas. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, pero pude evitar una caída a tiempo, colocando ambas manos sobre la mesa. De momento me di cuenta que había olvidado los guantes, dejando visibles las marcas en el dorso de mis manos.

—Hace algo de calor esta noche —comentó el desconocido. Posiblemente había observado mi vértigo, y estaba sugiriendo sutilmente que me despojara de la mantilla. Pero ya había visto cómo sus ojos recorrían mi figura, que las viruelas no habían logrado arruinar. Sin dudas estaba imaginándose un rostro más adorable. Y no estaba lista aún para desilusionarle.

—Mi más sentido pésame — dijo, cometiendo el error común de confundir mi mantilla negra con ropas de luto. Ciertamente, yo tenía pérdidas, muchas pérdidas que lamentar, pero hacía tanto tiempo, que no podía hacerme a la idea de recibir condolencias recientes. “El corazón no está en el horario de la mente”, me aconsejaba en ocasiones doña Teresa, quien llevaba tanto tiempo de luto como yo, en realidad desde antes, porque su hijo había sido víctima de la misma epidemia de viruelas que nos había atacado a mi familia y a mí, y para entonces, don Manuel había fallecido hacía un año.

—Es difícil perder a quienes amamos —añadió sosegadamente el visitante, como si él mismo tuviese pérdidas que lamentar. Esta vez tampoco quise rectificar su error. Quería que me imaginara como una viuda, como una mujer querida en otro tiempo. Él era más viejo, seguramente me llevaba algunos años, muy elegante en su uniforme real, con su cabellera oscura veteada de gris, ¿o de polvo? ¿Qué relación tendría tal persona con nuestra casa de expósitos? Tal vez tenía que ver conmigo, sobreviviente de una epidemia. ¿En qué podía servirlo entonces? —¿Le han hablado de la nueva vacuna?

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