Retratos de la desesperación

POR DAVID HIDALGO VEGA



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Les pedí que escribieran sobre el momento más impactante de sus vidas: salieron cosas muy fuertes

El chico, ya hombre, se clava una promesa oscura en el corazón: nunca voy a perdonar a mi madre

editorcronicas@comercio.com.pe|contracorrinte|e

Esas cartas a quien corresponda, madres que sufren por el hijo delincuente o hijos abandonados por la droga o parejas perdidas por el crimen, tienen el matasellos de la fatalidad. Algunas están fechadas en prisiones, pero otras vienen de la calle más árida. Olivio Argenti, el hombre que las está recopilando, conoce muchas de memoria. Puede citar el caso de un muchacho samaritano que vio a su protegido morirse de TBC en la calle; también el de la mujer que cae presa y debe sufrir en mente y alma la transformación del amor; y no olvida al chico que le pide a su padre dejar la droga y tras años de negativa dice: “Mi vida ha llegado a ser violenta para no sentir dolor”. El detalle singular es que Argenti ha conocido esas historias detrás de una cámara. Es un fotógrafo italiano autodidacta que predica el peso de las palabras. Hay un lenguaje poético en lo que ha descubierto. Pronto publicará un libro sobre las pandillas en Lima que es en realidad un drama contado en imágenes y letras.

¿Cómo entró al tema de la violencia juvenil?

Empecé en febrero del 2006 con la idea de trabajar el tema de las pandillas, los jóvenes violentos de las calles. En ese mismo febrero contacté al INPE para pedir que me permitiesen entrar a un penal y la respuesta fue positiva. Además, visité un centro de rehabilitación que tiene muchas dificultades y trabajé la vida de familias pobres. Pero me faltaba entender el por qué de tanta desesperación, tanta gente que desde los 12 hasta los 19 años ya había cometido delitos y estaba con problemas de drogas. Se me ocurrió que podía hacer concursos de escritura con ellos. Les pedí que me contaran el momento de sus vidas que más les impactó. Y salieron cosas muy fuertes relacionadas sobre todo a la familia, a un padre violento o drogadicto, una madre prostituta, que vende droga, a padrastros abusadores. Me fui a Roma y cuando regresé, en diciembre, entré a las cárceles de Lurigancho, Santa Mónica, otros centros de rehabilitación. En todos hacía concursos de escritura, salió tremenda cantidad de textos. El INPE nos facilitó copias de cartas que ellos habían escrito a las familias, en que salía muy claro el tema del perdón, la voluntad de volver a una vida normal. Muchos les escriben a sus hijos manifestando la voluntad de ser el padre que no fueron. Que eso sea posible dependerá de muchos factores.

Se refiere a los presos…

Sí, pero también a los chicos de los centros de rehabilitación, porque están alejados de sus familias y en sus reflexiones recuerdan lo bueno que tenían y se proponen regresar. Esto no es válido para todos, pero hay mucho de esa relación entre violencia familiar y comportamiento violento. Ahora, uno desde el punto de vista fotográfico solo puede mirar lo que pasa.

¿Y cuál es su propuesta?

La idea es que se realice un libro integrando imágenes y texto. Este libro va a ser vendido y toda la ganancia la voy a entregar a estos centros, a los que más lo necesitan. Luego habrá una exhibición en Lima y en Italia. Como queremos involucrar a los jóvenes, vamos a incluir graffitis, para reconocerlos como arte. Habrá una mesa redonda para discutir la relación de violencia familiar y delincuencia, organizada por la ONG Tierra de los Hombres. Lo que interesa es que la exhibición no sea un fin en sí, sino que fomente el debate. Los que llamamos pandilleros no son necesariamente malos: también sienten responsabilidad hacia un grupo, pueden hacer cosas para el barrio. Se necesita canalizar esa energía.

Usted ha retratado sitios violentos que son un desafío incluso para un peruano que no llame la atención.

Hay mucho riesgo, pero tratamos de manejarlo. Incluso entramos a la casa de delincuentes verdaderos, profesionales, que salían de la temática. Podíamos ser víctimas, pero manejamos bien la situación. Es parte del proyecto, uno no se va a trabajar pensando que se va de vacaciones a Ipanema. Pero eso no es tan importante. El punto es que vine al Perú por mi trabajo. Hace dos años conocí a Juan, mi asistente, de manera casual. Él es un profesional de las artes marciales y tuve buenas referencias de él. Le pedí que me acompañara a hacer fotos por la ciudad. Luego fuimos a diferentes partes del país. Como vive en San Juan de Lurigancho, tenía contacto con la realidad que me interesaba. Este trabajo no pretende ser completo, pero tenemos mucho material. Hay tanto que visitar y comprender, que yo tendría que vivir en el Perú.

***

Esas cartas a quien corresponda, escritas a veces demasiado tarde, tienen remitentes ansiosos por eternizar una infamia. Está, por ejemplo, la de un muchacho que odia a su madre. Cuando era más chico, tal vez por malas juntas, la mujer creyó que era drogadicto y lo metió a un centro de rehabilitación. El chico clamó por el error, pero ya se sabe que ese es un síntoma de la adicción. La desgracia de su caso es que decía la verdad, estaba sano. En el centro tuvo que acostumbrarse a la vida marginal: una noche lo levantaron de la cama y lo arrastraron a otro cuarto para violarlo. El chico, ya hombre, se clava una promesa oscura en el corazón: Nunca voy a perdonar a mi mamá.

¿Siempre le interesó el tema de la violencia?

No. Durante muchos años trabajé un tema que tiene que ver con mi labor profesional sobre los mercados alimentarios –para una institución que prefiere mantener al margen–. Son lugares interesantes, porque tienen color, movimiento. Desarrollé miles de imágenes (de mercados de varios países) que están en un banco utilizado para documentación técnica sobre la infraestructura, higiene, la posibilidad de contaminación de alimentos, la falta de servicios, de transporte, factores que generan costos adicionales y encarecen los precios. Después usé la fotografía como un acto creativo, de crecimiento personal.

¿Cómo se manifestó?

En una etapa me interesó jugar con el tiempo y la falta de definición de la imagen. Quería salir de todas las reglas. Paralelamente trabajé por cuatro años el tema de Túnez, un país cercano a Italia, pero muy mal conocido. Cuando un europeo va a otro país, descubre muchas cosas: olores, colores, personas tan diferentes en la tez, la mirada, los ojos, la gestualidad. Yo trataba de capturar eso.

Esas experiencias son transformadoras.

A mí me ha apasionado mucho. Algún idiota en mi país lo ha considerado el trabajo de un colonialista que va a un país africano. Pero a veces eso muestra la ignorancia de la persona. Yo quise ir más allá de la imagen turística de los camellos. En Filipinas hice un reportaje sobre una zona muy pobre en Manila, donde fui el primer extranjero que logró ingresar. Era un asentamiento extremadamente pobre. La idea allí era contar un lugar en imágenes. Fue el trabajo que marcó la transición entre mis anteriores temas más técnicos y la concepción de temas más complejos. El de Perú es el más estructurado.

¿Y por qué escogió al Perú?

Solamente por el hecho de los contactos. Como no vivo de la fotografía, tengo que escoger los temas en torno al tiempo que puedo conseguir. Un profesional vendría y pasaría muchos meses en el lugar. A mí me gusta mucho el trabajo de Francesco Zizola sobre los niños de la calle en Brasil, por ejemplo. Eso lleva tiempo, para contactar gente y encontrarla. Y yo no lo tengo. La ayuda de mi asistente fue fundamental. Incluso una vez fuimos al penal del Callao y los internos se enteraron de que él es campeón sudamericano de kickboxing. Entonces le pidieron que les diera una clase y él amablemente accedió. Allí los ves, practicando en el patio del penal. Era algo que no me podía perder.

¿En algún momento ha pensado en dejar todo por las fotos?

Es una pregunta difícil. Creo que la gratificación de cada trabajo es diferente. Después de veinte años como economista, trabajando el tema del desarrollo económico, en un contexto institucional con reglas, sabes muy bien lo que puedes conseguir y lo que no. La fotografía es una afición que me da mucha satisfacción, pero llega un momento en que se convierte en el instrumento que te da emoción. Mi trabajo trata de motivar preguntas, que tal vez contribuyan al cambio. Son maneras alternativas de trabajar, nunca las mezclo. Con mi profesión trato de dar una contribución, lo mismo con la fotografía. La diferencia es que aquí yo soy quien maneja todo, cómo y cuándo aplastar el botón, cómo componer, qué punto de vista tomar. La mayor satisfacción es cuando logro captar la dimensión humana que veo o siento en ese momento.

¿Muestra las fotos a los protagonistas?

Sí. Las que tomé en febrero se las mostré a los personajes que quedaban, porque otros se habían ido o no pudimos contactarlos de nuevo. Eso fue bueno porque, en ciertos casos, les confirmó mi promesa de que no iba a publicar esas fotos. Pero también traje unas cámaras desechables y les pedí que tomaran fotos. Los preparé para manejar el concepto de una historia de manera coherente. Les mostré mis fotos y les pedí que escogieran las que quisieran para contar algo. Ellos interpretaban las imágenes de manera libre y disgregada de la realidad que mostraban. Una escena tomada en la cárcel podía recordarles un momento en casa con sus madres, por ejemplo, y la usaban para contar sus historias personales. Fue intenso.

***

Esas cartas a quien corresponda, víctima o culpable de que el remitente esté como está, llevan fantasmas del pasado entre sus faltas de ortografía. Está la de un chico que fue maltratado por su padre. No al grado nefasto de los golpes, que ya indignan, sino que era sometido a choques de corriente eléctrica, último desborde de la perversión paterna. Alguna vez el sujeto le rompió el brazo, dice el relato escrito en la primera persona del dolor. Es uno de los que más abruman a Olivio Argenti, un hombre que ha conocido pobrezas de todo tipo en sus viajes por el mundo. Acaso viene siendo hora de que el fotógrafo que se asume empiece a redactar otra cosa adicional a sus reportes económicos y disertaciones académicas. Es seguro de que allí aparecería el relato de esa experiencia en casa de un delincuente, recién liberado y con cortes frescos en los brazos. Las fotos impresionan, sí, pero sería bueno conocer lo que pasaba por su mente. n

Nombre: Olivio Argenti

Fecha y lugar de Nacimiento: 1955, Brescia (Italia).

Ocupación: Economista, fotógrafo autodidacta.

Trayectoria: Graduado en Economía en la Universidad de Londres y en Economía Agrícola en la Universidad de Oxford. Ha trabajado en el Cáucaso, Asia, África y Oriente Medio. Como fotógrafo ha visitado Tunisia, Filipinas y Perú. También ha registrado imágenes en Argentina, Colombia, Venezuela, Brasil, Jamaica, Cuba y México.

VIVENCIAS.Olivio Argenti, italiano especialista en comercio de alimentos en países en desarrollo, tiene en la fotografía un segundo campo de batalla. Ha captado el sufrimiento en diversos puntos del planeta, pero ahora está concentrado en un libro sobre el drama de las pandillas callejeras en Lima

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