Fotógrafo venezolano gana Premio Juan Rulfo


Parece difícil creer que un fotógrafo trabaje de lunes a viernes en una oficina sin ventanas, pero ese es el caso de Julio Estrada, quien se hizo merecedor del Premio Internacional de Fotografía Juan Rulfo 2006 por su portafolio titulado Turquía. Aunque hay dos panorámicas de su autoría a sus espaldas, aprovecha tanto blanco como un estimulante para salir en la búsqueda del color y de historias que nacen y mueren en un segundo, deseosas de perdurar en un negativo. Por eso, al mediodía, mientras sus compañeros almuerzan, él toma una moto Vespa y se dispone a documentar el hastío en el tráfico caraqueño, el proyecto que lo mantiene ocupado en la actualidad.

Pero la muestra que le mereció el reconocimiento -organizado por instituciones como Radio Francia Internacional, el Instituto de México en París y el Instituto Cervantes- fue realizada muy lejos de las arterias saturadas de la capital. En 2001, se embarcó en una expedición con un grupo de fotógrafos a Turquía, donde recogió las diez imágenes que ganaron, no sin antes enfrentarse a las diferencias culturales, lo que lo impulsó a afinar sus destrezas para ganarse la simpatía de muchos desconocidos, que convirtió en seres más cercanos con su lente.

Desde ese momento ha realizado muchos viajes más, en los que ha madurado aquel pasatiempo que comenzó a los 12 años de edad, cuando coleccionaba imágenes y hacía transparencias para contemplarlas en detalle. Aún hoy, Estrada continúa en el quehacer fotográfico guiado por el mismo interés que surgió en su adolescencia: “conservar un registro para evitar que se esfumen esos relatos que sólo están presentes por un segundo”.

—¿Cómo surgió el interés de visitar Turquía?
—Había escuchado comentarios de varias personas, lo que me motivó a leer algunos libros y ver un documental, que despertó definitivamente mi curiosidad. En ese momento, Roberto Mata y yo queríamos organizar una expedición con un grupo de fotógrafos y se dio la oportunidad. Desde entonces hemos visitado India, Perú, Marruecos y Turquía. Estos viajes me foguean, aprendo a acercarme a la gente y a romper el hielo. Estas experiencias tienen mucho de documental porque me permiten describir a la gente, su entorno y las actividades que hacen, y de esa forma acortar las brechas culturales.

—El jurado manifestó que su trabajo reflejaba muy bien la cotidianidad de Turquía, ¿cómo logró retratar las costumbres de una cultura diferente a la suya?
—Los viajes de este estilo exigen una adaptación rápida, lo que me llevó a usar los gestos de la cara como cartas de presentación y de buenas intenciones. Una señal de admiración o de interrogante pueden ser de gran ayuda para ganarme la confianza de la gente. Una vez que logró eso no aparto el ojo del visor, toda la realidad la miro desde allí porque temo que si bajo la cámara puedo perder una oportunidad única. Esa fue mi táctica durante 12 días de recorrer campos y ciudades. Capté mucha diversidad en ese territorio, que iba desde mujeres arando hasta un grupo de personas contemplado un eclipse. Me sorprendió cómo las ciudades están diseñadas para caminarlas con calma y, por supuesto, el choque encantador entre Asia y Europa. Por otra parte, los trucos son unos musulmanes bastante abiertos.

Sin apuntar al rostro
Estrada tiene fama entre sus conocidos de estar en las nubes, de guardar silencio inesperadamente. Pero él no lo ve inapropiado, sino como parte de su trabajo. Constantemente está recolectando formas y detalles, minucias aparentes que, posteriormente, se convierten en claves para descifrar sus fotografías y, sobre todo, a las personas dentro de ellas. Le rehuye a los retratos en planos cerrados, por el contrario confía en que los paisajes tienen mucho que decir sobre los cuerpos que los habitan. Su muestra titulada La ruta presentida es un buen ejemplo, en ella desaparece el protagonismo de los rostros, suplantado por los cuerpos en relación con el ambiente y los oficios que frecuentan.

—¿Por qué no suele hacer retratos?
—Los temas más predominantes en mi portafolio son las personas y sus ambientes. En la actualidad, no hago retratos para hablar de ellas, trato de enfocarme en sus escenarios. Yo espero que los espectadores imaginen una historia con lo que les presento, que se sienta metido en la imagen. Creo que se puede saber mucho de una persona viendo el lugar donde está. Ese es mi reto particular. Sin embargo, cuando hay mucha acción el retrato cobra valor para mí. En el momento en que aparecen la euforia o la tragedia es necesario que tome los relatos que muestran las caras.

—Para usted los gestos juegan un papel importante detrás de las cámaras para ganarse la confianza de personas con las que no comparte un idioma, ¿esa confianza la logra por igual en un poblado asiático que en Caracas?
—A mí me gusta ir al centro de Caracas, ver las bodegas y farmacias viejas. No puedo negar que siento algo de presión por la inseguridad y desconfianza que hay en esas calles. La gente es recelosa para dejarse fotografiar, lo que para mí demuestra que los venezolanos están perdiendo parte de su extroversión y carisma. Pero, como buen latino, uno se las arregla para adaptarse a las situaciones y sacarle una sonrisa a los demás. De esa forma he terminado comiendo o bebiéndome una cerveza con alguien. En una ocasión fui a parar dentro de una estructura giratoria en lo alto de un circo en Calabozo, como una forma de familiarizarse con las personas. También he permanecido en una lancha lleno de sardinas hasta la cintura en Araya. Tiendo a involucrarme con la gente, eso enriquece. Yo salgo y sólo sé que la aventura terminará cuando se acabe la película.

—¿Cómo se ven las colas en las calles y autopistas de Caracas a través de una cámara fotográfica?
—Yo conduzco la moto y tomo las fotos. No puedo negar que es peligroso, sobre todo por los huecos, pero la historia merece el riesgo. He notado el rastro que va quedando de la cuidad por estos congestionamientos. Hay contraste entre las personas y su entorno, que se nota en las expresiones de las caras, te están mandando un mensaje y tienen mucho que contar. Van reflejando la situación económica, la inseguridad, la desesperación por una cuidad que se colapsa cada día más, mientras se suman constantemente nuevos carros.

Hasta el momento el artista ha conseguido obtener reconocimientos como el XI Salón Nacional de Artes Visuales Francisco Lazo Martí, en el 2003; la III Bienal de Fotografía Daniela Chappard, mención fotografía directa, en 2005; el I Concurso Bienal Internacional de fotografía, en agosto de este año. Por los momentos, Estrada desea conseguir más éxitos, pues para el próximo año tiene previsto hacer sus primeras exposiciones internacionales, una en Roma y otra en París, está última es parte de los beneficios del premio Juan Rulfo. Probablemente para el 2007 se vea el resultado de sus aventuras por las calles capitalinas, así como el de un proyecto que ha desarrollado por tres años sobre los cambios en las costumbres de los Andes venezolanos.

Simón González

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