La vieja juventud

Revista Cambio – Colombia
A pesar de los buenos indicadores del mercado, en el arte joven no hay ni rebeldía ni innovación.
Cuando los artistas jóvenes -quienes, se supone, deberían reavivar el medio con irreverencia, crítica e innovación- se dedican a copiar; cuando el ganador del mayor premio de arte joven del país -el Botero- hizo una tesis de grado que más que un proyecto consolidado, era un trabajo de clase; cuando la obra más interesante de un salón de arte joven es, igualmente, un ejercicio universitario reciclado; y cuando la subversión del gesto del graffiti ha terminado dentro de las paredes de un museo, es claro que algo está pasando. Y no porque no haya vitrinas. Varias exposiciones, entre ellas Salón de Arte Joven, Arte Joven 2006, Salón de Pintura Joven y Salón Cano, que se han estado presentando a lo largo del semestre, demuestran que hay espacio suficiente para la juventud. El problema está en lo que esta misma juventud está ofreciendo al espectador.
“La crisis es más grave de lo que queremos ver”, afirma categóricamente Miguel Huertas, profesor de artes de la Universidad Nacional. “Ser artista joven era algo relativamente prohibido en mi tiempo -cuenta este profesor de 47 años-; cuando empecé a enseñar, era un poco más tolerado; luego me fui a estudiar afuera y al regresar, ser artista joven se había vuelto obligatorio”.
Hoy es una moda que muchos artistas no tan jóvenes parecen disfrutar amparados en una eterna adolescencia. “Esa ambivalencia resulta ser muy atractiva, casi perversa -opina Jaime Cerón, director de artes plásticas del Instituto Distrital de Cultura y Turismo-. Como jóvenes, todavía se enmarcan artistas como Juan Mejía, Wilson Díaz o Jaime Ávila, que ya pasaron los 40 años”.
Académicos como Huertas asocian el fenómeno con un hecho cultural ocurrido en 1970, cuando el MoMa, de Nueva York le abrió una retrospectiva a Frank Stella, un artista que en aquel entonces no pasaba de los 34 años. Al tratarlo como a un muerto, lo sacralizaron en vida. “Esta actitud refleja el intento de actuar sobre la historia, de adelantarse a su dictamen y manipularla imponiendo lo que, se supone, perdurará”, dice Huertas, algo que no necesariamente trae buenos resultados ni para al arte ni para el artista.
Aunque a comienzos de los 90 las escuelas de arte no pudieron seguir ignorando las tensiones del arte contemporáneo y debieron ampliar sus métodos de formación al margen del tradicional academicismo, también es cierto que exageraron en su deseo de mostrarse al día. “Las escuelas cayeron en la trampa de suponer que en su interior debe producirse lo nuevo, cuando su naturaleza misma es la de estudiar la tradición”, dice Huertas. Y lo complementa Humberto Junca, también artista y maestro de las universidades Tadeo y Andes: “Hoy es claro que abrir facultades de arte es un negocio. Este afán de novedad está haciendo que la universidad se vuelva paternalista, consienta demasiado a sus clientes y condene al profesor que cuestiona”.
Esa parece ser la nueva definición de vanguardia. En consecuencia, ha ido emergiendo una generación de estudiantes de artes que no es autocrítica, no critica y le resbala la crítica. “Es la antítesis del artista joven, por naturaleza cuestionador”, dice Junca, quien sabe por experiencia propia lo que es ser clasificado como joven promesa. Sin embargo, alcanzó a no tragar entero. Nacido en 1968, tuvo la fortuna de haber aprendido primero técnicas e historia del arte, para luego poder criticarlas. “El problema es que la academia se ha vuelto demasiado joven y el mercado está dispuesto a premiar la locura”, sentencia.
La actitud de la universidad no dista radicalmente de lo que sucede en las otras instituciones. Los curadores se excusan en que están recogiendo lo que se está produciendo y los concursos se limitan a premiar el inventario. Para Junca es muy diciente que con el Premio Botero, entregado a Eva María Celín, sus jurados hayan premiado el truco frente a la maestría: “Anteponer un vidrio a otro para semejar volumen es mucho más fácil que pintar veladuras, eso sin duda muestra para dónde van las cosas”.
Terreno de fórmulas
“Hoy hay que ser callejero, ‘estencilero’, cool, pertenecer a un colectivo, hacer trabajo comunitario, trabajar con imágenes agresivas y sexualmente ambiguas -explica Junca-. Si no tienes el elixir de la eterna juventud simplemente no puedes pertenecer”. Para él, como para muchos profesores y espectadores, el arte de hoy se redujo a una fórmula.
Una fórmula en la cual ni siquiera el artista es consciente de que exponer en una galería comercial es radicalmente distinto de hacerlo en un museo o de presentarse en un concurso o en un Salón. Los límites se borran fácilmente por dos motivos: la posibilidad cada día más grande de exponer -debido a la multiplicación de galerías y de espacios no convencionales-, y el síndrome de la consagración anticipada.
“Hay obras que pierden sentido en un espacio expositivo y aniquilan el valor que tenía la obra por su relación contextual”, explica Jaime Cerón, director de Artes Plásticas del Instituto Distrital de Cultura y Turismo. Se refiere, en particular, a la obra de Carlos Castro, quien en el marco de la feria ArtBo del año pasado, hizo un mercadito paralelo, como cualquier vendedor ambulante, y expuso copias de obras del arte colombiano, como tamborcitos de Beatriz González y pequeños “precolombinos” con cabeza de Bart Simpson, similares a los de Nadín Ospina. Según Cerón, en dicho escenario comercial esta obra tenía mucho significado porque se burlaba de la mecánica comercial de una feria. Un año después, Castro expuso esta misma obra en el Museo de Arte Moderno, en plena Bienal de Arte de Bogotá. Era la misma idea, pero trasladada de la galería al museo. “Sin duda cambia el sentido -advierte Cerón-. Una obra no puede ser trasladada automáticamente a otro contexto, sin reflexión alguna, pues el aparente sentido en sí mismo es una falacia”.
Para Junca, calcarlo todo pone un problema fundamental. “Ese facilismo redunda después en que el chiste se va a vaciar porque no va a tener espíritu”. Del mismo modo, Huertas piensa que las motivaciones que llevaron a un joven a estudiar arte quedan así desdibujadas, porque no lo hace para repensar su realidad, sino en virtud de obedecer a protocolos definidos como único camino para insertarse en el mundo del arte. “Privilegian la respuesta a un modelo y las convocatorias se vuelven un filtro que sólo deja un espacio para el que dice lo que se quiere oír”, explica.
Si los profesores lo tienen claro, algunos estudiantes también. John Arias, estudiante de séptimo semestre de la Nacional, cuenta cómo algunos profesores intentan limitar el campo de acción de los estudiantes conduciéndolos a tomar una línea unívoca de investigación. “Como mi familia trabaja en Corabastos, inmediatamente me dijeron que tenía que irme por el arte social y antropológico porque allí estaba la materia prima”, dice. Lo mismo sucede con otros. “Si una niña viene de un colegio de monjas y está inclinada por lo femenino, le dicen que debe irse por los temas de género”.
Para Arias, el arte joven vive de chispazos y de mezclarlo todo: un poco de video, un poco de acciones, un poco de dibujo, un poco de fotografía, a ver qué termina funcionando. “El arte se está limitando a señalar cosas y no hay conciencia de nada de lo que se está haciendo”, afirma.
Así, la impostura se volvió políticamente correcta, “porque los instrumentos de rebeldía están altamente institucionalizados y porque estar cuestionando el pensamiento institucional se volvió de lo más convencional”, concluye Huertas. Algo que debe hacer pensar a los artistas que apenas empiezan, para que no se contagien de esos viejos jóvenes a quienes el mercado les sigue premiando por ofrecer más y más de lo mismo.

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