LA BELLEZA DEL INSTANTE

By defotoarte


Por Pau Waelder
25 frames/segundo Paz Alcoverro Can Puig, Sòller
Cuando Fausto, en la obra de Goethe, firma su pacto con el diablo, le dedica estas palabras: “Si un día le digo al fugaz momento: ‘¡Detente, eres tan bello!’, puedes entonces cargarme de cadenas; entonces consentiré gustoso en morir.” El protagonista, obsesionado con la búsqueda de un conocimiento más elevado, expresa así su visión de la plenitud como un instante perfecto, un momento tan hermoso que desee arrancarlo de la tiranía del tiempo y conservarlo, inmaculado, para siempre.

La belleza del instante es algo que nos resulta cada vez más difícil reconocer, y al mismo tiempo algo que anhelamos con una creciente intensidad. En una sociedad llevada por el culto a la velocidad, que ensalza la rapidez en los desplazamientos, en la formación y la información, en la obtención de bienes materiales, en el llamado éxito y en la propia vida, el instante se diluye en el borroso flujo de los acontecimientos. Cada momento se consume con impaciencia porque no hace sino retrasar el siguiente, y todo se experimenta a ritmo de incesante fuga. En medio del vértigo de nuestra propia aceleración, añoramos la plenitud del instante y tratamos de retenerlo de la única forma que conocemos: como una imagen.
La imagen se convierte así en aquello que da valor a la experiencia, más real que la vida misma, lo único estable y asible de nuestra constante impermanencia. La fotografía pasa entonces de ser una profesión o un arte a ser una función vital más, el continuo y fútil registro de nuestra existencia, y a medida que los millones de imágenes que registran las cámaras obstinadamente incrustadas en nuestros enseres cotidianos se van amontonando en tarjetas de memoria y discos duros, es posible que un día podamos reconstruir la propia vida a base de una sucesión de instantáneas, a veinticinco frames por segundo.
Como Fausto, tal vez, Paz Alcoverro se embarca en una búsqueda tenaz del instante perfecto y se aposta con su cámara frente al televisor, proveedor de mil experiencias ficticias. Las imágenes son captadas de la pantalla con una cámara analógica, dando lugar a innumerables fotografías que se suceden, sin lógica aparente, en las tiras de los negativos. No hay nada aquí de la quirúrgica frialdad de los medios digitales: no ha sido posible escoger un fotograma preciso, ni escapar a la textura del barrido, ni a la convexidad de la pantalla. Se trata de una percepción más cercana al ojo que a la máquina, más frágil y humana. La artista selecciona de entre estos instantes robados a una película clásica, un telefilm barato, una noticia o un documental científico aquellos fotogramas que poseen una especial potencia expresiva. Los amplía, en diferentes formatos según requiera su discurso, y los combina formando series en las que es precisamente su disparidad la que les arranca de su muda condición de fracción de segundo y les incita a entablar insólitos diálogos.
Alcoverro no se limita a descomponer la imagen en movimiento, puesto que esto no la llevaría más allá de exponer mecánicamente los 25 fotogramas que componen un segundo de emisión, sino que otorga a cada instantánea su propio valor compositivo. Un criterio claramente estético rige su selección, con astucia se ha detenido en las obras de los maestros del cine contemporáneo, pero también ha sabido transitar terrenos cuya belleza no era tan evidente. Con estas fotografías la artista se apropia de la imagen banalizada en su indiscriminada emisión por los medios, convertida en un mero relleno de tiempo entre los espacios publicitarios, la descontextualiza, la priva de su continuidad y la coloca en la situación de ser forzosamente contemplada. El espectador se halla en la incómoda posición de buscar un sentido, trata de reconstruir las historias a las que se sustrajeron esos instantes, intenta establecer relaciones entre las partes de estos anómalos polípticos. En esta búsqueda se ve forzado a mirar de otra manera, a observar la imagen desprovista de su hilo narrativo, y hallar en ella la belleza del instante.

Por último, y con exquisita perversidad, la artista reproduce en un video el delirante segundo que conforman estas veinticinco dispares fotografías en un bucle sin fin, paródica versión de ese incesante flujo de imágenes que nos ofrece la televisión. En él hallamos demostrada, además, la fuerza de la imagen subliminal, ese caballo de Troya que se cuela por la retina y se instala, agazapado, en el fondo de la mente. Basta con observar una de las fotografías y luego volver la mirada hacia la pantalla: de pronto se nos aparece, con fantasmagórica nitidez, la imagen que habíamos observado y rápidamente se vuelve a disolver en el caótico bucle. El instante es hermoso porque no puede retenerse.

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